¿Entras o te quedas?

 Capítulo 1


Caminaba por la ciudad con esa idea martilleándole la sien, como si cada rostro anónimo que se cruzaba con él fuera un espejo que le devolvía la misma pregunta muda: ¿qué demonios hacía aún aquí?

Las luces de los escaparates parecían burlarse de su desconcierto, ofreciendo mundos diminutos dentro de vitrinas, donde todo parecía tener un orden y una finalidad, mientras él, deambulaba por la calle como un producto ya caducado, un envase vacío,  completamente consumido por el curso natural de las cosas.”

Ya tenía cincuenta años, y  pensaba que la partida estaba jugada: había amado, trabajado, engendrado hijos, y con eso la naturaleza ya lo había tachado de la lista. El resto —se decía con una sonrisa amarga— era puro tiempo prestado, un  epílogo de páginas sobrantes en un libro que ya había cumplido con su trama principal.

Y sin embargo, allí estaba, respirando, ocupando espacio en una ciudad que corría demasiado deprisa para reparar en él.

El calor de la noche le pegaba la camisa a la piel, pero ya no lo sentía. Avanzaba hacia el puente y cada paso pesaba como un año.  Las farolas dibujaban círculos amarillentos en el suelo, y en cada uno de ellos parecía vislumbrar un recuerdo: su primer beso, el llanto de su hija al nacer, la última vez que había abrazado a su padre antes de que el Alzheimer lo convirtiera en un extraño.

Llegó al puente, ese mismo que cruzaba todos los días de camino al trabajo. Ahora, bajo la luna, parecía distinto: menos estructura de hierro y más portal hacia el silencio. Se apoyó en la barandilla, sintiendo el metal áspero bajo sus dedos. Abajo, el río devoraba la luz de la ciudad, negro y profundo como un corte en el mundo.

 Se inclinó sobre la barandilla y se dejó caer.

Apenas le dio tiempo a un suspiro antes de que el agua lo recibiera con un golpe seco, un azote que le arrancó el aliento. La caída había sido demasiado corta: no hubo oscuridad definitiva, solo dolor. El río lo envolvió como una prisión líquida, densa, que más que acunarlo lo desgarraba por dentro.

Al principio no luchó. Se dejó hundir, los ojos cerrados, los brazos abiertos, convencido de que la quietud le traería el final. Pero el agua no tenía nada de piadoso: cada segundo era un ardor insoportable en los pulmones, un grito interior que exigía aire.

Tragó, se atragantó, maldijo su propia cobardía. Había querido un final rápido y se encontraba en medio de una agonía viscosa que no se parecía en nada a la redención.

Entonces, casi a la fuerza, el instinto tomó el mando. Sus brazos comenzaron a batir, torpes, y sus piernas lo empujaron hacia arriba. Emergió tosiendo, la garganta hecha fuego, y nadó como un animal acorralado. La orilla parecía retroceder con cada brazada, pero siguió, tragando agua, escupiendo, con el cuerpo sacudido por espasmos.

Cuando por fin alcanzó la ribera, se arrastró hasta la hierba húmeda y quedó boca arriba, exhausto, con el pecho subiendo y bajando a golpes irregulares. Miró el cielo: un cielo de verano, impasible, con unas pocas estrellas luchando contra las luces de la ciudad.

Una risa amarga le explotó en la garganta, mezclada con la tos. Ni siquiera había sido capaz de matarse con dignidad. Estaba vivo, sí, pero derrotado, empapado, deshecho.

La pregunta regresó, como un eco implacable:

—¿Qué demonios hacía aún aquí?

Se quedó allí un largo rato, escuchando el murmullo del río que ahora parecía burlarse de él. Cada latido era un recordatorio de su fracaso, de que la vida seguía apretándolo como un puño invisible. Sus dedos, todavía temblorosos, rascaron la tierra húmeda, buscando una sensación tangible, algo que lo anclara a un mundo que ya no le ofrecía consuelo.

—Pues nada… —susurró para sí mismo—. A seguir jugando.

El río murmuró, indiferente, y él comenzó a caminar hacia la ciudad que brillaba a lo lejos, con los pies mojados y el corazón pesado, cargando consigo un silencio más hondo que cualquier agonía vivida, un peso que no podía arrojar ni entender, y aun así avanzó, paso a paso, dejando que la noche lo atrapase en su nihilismo mientras la ciudad lo esperaba, indiferente también, con sus luces y sus ruidos como un recordatorio de que el mundo seguía girando aunque él se hubiera detenido.


Capítulo 2

Gloria estaba en su rincón favorito de la biblioteca, el único donde la luz caía en el ángulo perfecto (ni muy oblicua para no crear sombras molestas, ni demasiado directa para no resaltar el polvo flotante). Allí, rodeada de libros ordenados por altura y color, respiraba el aire tranquilo de un mundo predecible.

Hasta que la escuchó.

Una mujer, sentada dos mesas más allá, hablaba por teléfono. ¿Teléfono? ¿En una biblioteca? Gloria parpadeó, incrédula. Regla número 4: "Silencio absoluto en las salas de lectura"  Claro, impresa en cada mesa, en cada cartel, en cada mirada reprobadora de los bibliotecarios. Y sin embargo, ahí estaba ella, parloteando como una graja como si las normas fueran sugerencias. Y lo peor: llevaba varios días viéndola en ese mismo rincón, hojeando el mismo libro, como si compartieran una especie de rutina silenciosa que ahora destrozaba con sus conversaciones.

—Sí, sí, claro, yo pensaba que… Bueno, ya sabes cómo son estas cosas…

Gloria apretó el lápiz entre los dedos. No. No lo sé. ¿Cómo son "estas cosas"? ¿QUÉ COSAS?

—Ay, mija, es que a veces la vida… En fin, tú me entiendes.

¡NO TE ENTIENDO! rugió mentalmente mientras su pie comenzaba a repiquetear contra la pata de la silla en un morse desesperado. ¿La vida QUÉ? ¿Se rompe? ¿Te da limones? ¿Se va de compras?

La mujer suspiró, satisfecha, como si hubiera concluido una reflexión profunda y no un crimen gramatical. Gloria tragó saliva y se obligó a contar mentalmente hasta diez (nueve era un número grotesco, y once le parecía presuntuoso).

—Total, que si quieres venir… Pero bueno, ya veremos.

¡NO, NO VEREMOS! Los ojos de Gloria se clavaron en la nuca de la mujer con la intensidad de un láser. O vienes o no vienes. O sí. O tal vez. Pero dilo completo, maldita sea.

Se imaginó levantándose, caminando hacia ella, y diciendo con voz serena: "Señora, o cierra sus frases o le cierro yo la tapa del ataúd con una nota dentro que diga: ‘Aquí yace alguien que murió a medias, como todo lo que decía’.”

Gloria no siempre había sido una cérrima guerrillera contra las frases inconclusas. Al principio lo llevó con discreción, como quien oculta un lunar incómodo, Pero claro, aquello venía de muy atrás, de cuando tenía ocho años y la profesora de lengua dijo:

—El que mucho abarca…

Y nunca terminó el refrán.

Ese día, Gloria sintió que algo en su cerebro empezaba a calentarse como un radiador en agosto. Se levantó, tiró del delantal de la maestra y exigió a gritos el final: “…poco aprieta, ¿¡no!? ¡Poco aprieta! ¡Dígalo,señorita, DIGALOOO!”

Desde entonces supo que su vida no iba a ser fácil.

Pasó por todo tipo de terapias. La primera fue cognitivo-conductual: le pusieron ejercicios de “aceptar frases incompletas”. El psicólogo le decía:

—Gloria, la vida es como…

Y se callaba.

Gloria le lanzó el bolso a la cabeza. Terapia cancelada.

Luego vino la terapia de grupo. Mala idea. Una señora empezó a hablar de su marido y se quedó en: “Lo peor de él es que nunca…” Gloria saltó de la silla, la agarró de los hombros y la sacudió como un cóctel martini hasta que gritó: “…¡nunca me bajaba la basura, carajo!”. Gloria respiró aliviada. Los demás miembros del grupo huyeron como pollos sin cabeza.

Probó con meditación. Los mantras la desesperaban: “Om…”.

—“¿Om qué? ¿Om nom nom? ¿Omnisciente? ¡Ciérralo, por favor, ciérralo que se me abren las carnes!!!

Después de una década de intentos fallidos,  llegó a una conclusión brillante (según ella, científica e indiscutible): el mundo entero estaba mal. No era ella. Ella era la única cuerda en un planeta de vagos lingüísticos y criminales de la puntuación.

—Ellos son los enfermos, yo soy la normal —se repetía mientras se ajustaba las gafas y sacaba punta a sus lápices.

Desde entonces se resignó, pero a su manera: no abandonó la batalla, solo cambió de estrategia. Había dejado de buscar curarse. Ahora iba por la vida como una vengadora gramatical, lista para señalar, interrumpir y corregir. No aceptaba medias tintas, medias verdades ni, por supuesto, frases a medias.

En resumen, Gloria no perdió la guerra contra su TOC. Decidió que la guerra la había ganado ella . Y lo peor de todo es que, en el fondo, quizá tenía razón.


Capítulo 3


Cinco días habían pasado desde el suceso de la noche del río. Cinco días de despertarse con la garganta reseca, con el cuerpo aún dolido como si hubiera tragado piedras, con el recuerdo viscoso de la corriente pegada a la piel. No había hablado del asunto con nadie; decidido a guardar ese mal trago bajo la alfombra de la rutina. El mundo, en su brutal indiferencia, no le había preguntado nada.

El sexto día amaneció con un cielo plomizo, bajo y opresivo. Las nubes parecían arrastrarse sobre los tejados como dedos sucios, buscando algo—o a alguien. Se vistió mecánicamente, evitando el espejo donde su reflejo se había vuelto más delgado, más pálido, como si el río le hubiera robado algo más que el aire de los pulmones.  

En el pasillo notó un cambio: frente a su puerta, un felpudo nuevo con letras bordadas en un gris apagado que decía ¿Entras o te quedas? 

El conserje le había comentado algo de pasada: “Ha llegado una vecina nueva, muy discreta. Ni un ruido, parece un fantasma.”

El timbre del móvil resonó en el silencio del pasillo, un sonido abrupto que casi le hizo saltar. Eduardo vaciló un instante, con el pulso aún pegado al eco de la noche del río, antes de contestar.

—¿Sí? —dijo, con la voz más apagada de lo que hubiera querido—¿Sí? —respondió Eduardo, todavía con la mirada fija en el felpudo.

—Le llamamos del banco, señor. Queríamos informarle de que los recibos de la hipoteca llevan dos meses sin abonarse. Tendría que regularizar la situación lo antes posible.

Eduardo dejó escapar una sonrisa breve, cortante, que no contenía alegría alguna.

—¿Y qué tiene eso que ver conmigo? —preguntó con fingida cortesía.

—Usted figura como cotitular —replicó la voz de mujer, demasiado entrenada para sonar compasiva, demasiado rígida para parecer humana.

—Mire —dijo él, bajando el tono hasta que casi fue un susurro—, yo podría pagar tres mil hipotecas si quisiera. Podría cubrir la mía, la de mi exmujer y la de media ciudad si se me antojara. Pero no quiero. Hace tres meses que estoy separado. Y cada mástil, querida, aguanta su vela.

Del otro lado del hilo hubo un silencio breve, incrédulo.

—Entiendo... —alcanzó a decir la mujer, como si no entendiera nada.

—No, no entiende. Si quieren, embarguen el piso. Yo no duermo allí, ni pienso volver. Y le confieso algo: me dará cierto placer ver cómo se lo llevan todo por delante.

Colgó antes de escuchar la respuesta. El pitido del teléfono apagado resonó en el pasillo como un eco metálico.

Eduardo apoyó la espalda contra la puerta y cerró los ojos. Sintió un alivio extraño, casi sucio, como si aquella negativa lo purificara. Cuando volvió a abrirlos, el felpudo seguía allí, quieto, insinuante:

¿Entras o te quedas? 


Capítulo 4 


Gloria cerró el cuaderno de un golpe seco. No podía concentrarse. La mancha de aquella conversación ajena —todavía en curso, hecha de frases a medias y silencios intermitentes— se le había pegado en la mente, y sabía que seguiría fermentando hasta la madrugada si no hacía algo para apartarla.

Fue entonces cuando reparó en el detalle.

La señora que hablaba por teléfono sostenía un libro de tapas verdes: Manual práctico de oratoria. Gloria no podía explicarlo, pero algo en ese volumen la llamaba, la atraía con una urgencia inexplicable. Había un “algo” en su interior que parecía esperarla, que exigía ser descifrado, como si la cubierta guardara un secreto dirigido solo a ella. No entendía por qué, pero sentía que debía seguirlo, esperar, observar.

Aguardó a que la conversación terminara. La voz se fue apagando poco a poco, hasta extinguirse en un murmullo. La mujer, con aire distraído, se levantó y lo devolvió a la estantería antes de alejarse. Gloria dio un paso adelante, conteniendo la respiración.

Tomó el volumen, sintiendo un peso extraño, como si no solo fuera papel y tinta, sino un fragmento de algo más profundo. Lo sostuvo contra el pecho, consciente de que había en él una llamada que no podía ignorar, un enigma que debía descifrar.

—Me lo llevo en préstamo —dijo, clavando los ojos en el bibliotecario, un joven con barba incipiente que apenas levantó la vista de su ordenador.

—Tiene que esperar a que lo registremos, señora. Además, está reservado.

—¿Reservado?

—Por… —el chico miró la pantalla y dudó— …Gloria González.

—¿Cómo?

El corazón de Gloria dio un vuelco. No recordaba haber reservado nada, y menos ese libro en particular.

—Debe de ser un error —replicó, aunque la voz le salió débil, casi inaudible.

El bibliotecario arqueó una ceja.

—Aquí dice claramente: reservado por Gloria González. DNI terminado en 47.

—Ese es mi DNI —susurró, más para sí misma que para el joven.

El chico frunció el ceño y volvió a mirar la pantalla, como si quisiera asegurarse de no haberse equivocado.

—Bueno, según el sistema, la reserva se hizo ayer por la tarde. —Hizo una pausa, como si leyera algo más—. Y hay una nota adjunta.

Gloria aferró el volumen al pecho, sintiendo en él el peso de un artificio oscuro que la había atrapado sin aviso.

—¿Qué nota?

El bibliotecario leyó en voz alta, con tono neutro:

—“Las palabras son puentes, pero también cuchillos. ¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar?”

El aire se espesó. Gloria sintió que alguien invisible le apretaba el cuello con ambas manos.

—¿Quién dejó esa nota?

El joven se encogió de hombros.

—No lo sé. El libro está reservado a su nombre, así que… puede llevárselo.

Gloria miró el volumen, luego al bibliotecario, y finalmente hacia la sección de lingüística de donde procedía . Una corriente fría le recorrió la espalda.


Algo no encajaba.


Capítulo 5 


La puerta principal del edificio cedió con un chasquido metálico y Gloria entró en el portal. El silencio del vestíbulo era espeso, interrumpido solo por unos pasos que bajaban la escalera.

Coincidió con un hombre que salía. Se saludaron con un hola de cortesía, apenas un roce de voces en el aire.

Gloria, sin embargo, se quedó un segundo inmóvil. El traje que llevaba aquel desconocido tenía un corte impecable, moderno, y su perfume amaderado, con un fondo seco de cuero, la envolvió con una fuerza inesperada. No era un aroma común, sino uno de esos que hablan de precio, de elección, de pertenencia a otro mundo.

Él cruzó la puerta hacia la calle y desapareció sin más. Gloria lo observó un instante, hasta que el portón se cerró tras él con un golpe seco que la devolvió a su propia realidad.

Subió hasta su nuevo piso. Giró lentamente la llave hasta escuchar el clic metálico, empujó la puerta con el hombro y entró.

El aire del interior la descolocó de inmediato. Olía a lavanda con un fondo cítrico, un aroma fresco pero ajeno, imposible de atribuir a ella. Avanzó con pasos cortos, la bolsa aún colgando de un brazo, y recorrió con la mirada cada esquina de la estancia.

La primera sacudida fue el salón. Todo estaba colocado, sí, pero no bajo su norma exacta. Los cojines del sofá no formaban ángulos rectos, sino una caída blanda, casi acogedora. La mesa de centro estaba limpia, aunque los objetos que reposaban sobre ella parecían dispuestos al azar, sin la rigurosa simetría que ella imponía. Hasta los marcos de las fotografías en la pared —vacíos aún, porque no había tenido tiempo de colocar imágenes— parecían colgar con una leve variación, apenas perceptible, como si alguien hubiera pasado la mano por ellos.

El baño le confirmó la intrusión: las toallas estaban dobladas con cuidado, pero no con la tensión exacta que ella exigía. Eran pliegues humanos, blandos, sin la rigidez matemática que había aprendido a imponer.

Un cosquilleo le trepaba por los brazos. Cada pequeño detalle, cada mínima desviación de lo que conocía como suyo, era como una aguja invisible. Nadie había forzado nada, nadie había dejado huellas… y sin embargo, alguien había estado allí.

Fue entonces cuando lo vio.

Sobre la mesa del comedor, una hoja arrancada de un cuaderno. En el centro, un corazón trazado en tinta azul, redondo y juguetón. Abajo, un mensaje breve:

"Déjame respirar."

El papel le tembló entre los dedos. Reconocía la caligrafía, pero no recordaba haberla escrito.

El aire se espesó. Sentía que el piso, su piso, se le escurría entre los dedos. El orden impuesto había sido reemplazado por otro: un orden extraño, tibio, casi acogedor.

Y, contra toda lógica, lo que más la desarmaba no era la intrusión, ni la nota, ni siquiera el corazón dibujado.

Era esa punzada cálida en el pecho, esa sensación de que, por un instante, alguien le había enseñado a respirar de otra manera.

Gloria dobló la hoja con precisión quirúrgica y la guardó en el bolsillo. Luego echó dos vueltas al cerrojo. Esta vez, con una lentitud casi ritual.


Capítulo 6


Eduardo se ajustó la chaqueta frente al espejo del recibidor. La apatía se le había ido pegando como un polvo fino, invisible, que cubría cada gesto sin que él pudiera sacudírselo del todo, pero había aprendido a disimularla tras una capa de cuidado meticuloso. El traje caía impecable sobre sus hombros, la corbata con un nudo sencillo pero exacto, y la colonia —la misma de siempre, un amaderado seco y persistente— era su último gesto de disciplina. Viejos hábitos, pensó, que lo habían mantenido entero incluso en estos largos meses de desmoronamiento.

El comienzo de los trámites de separación llegó como un portazo en mitad del sueño. Rocío no levantó la voz, no hizo falta: bastó la firmeza con que pronunció aquellas palabras que aún parecían resonar en las paredes. No hubo discusiones, solo la contundencia de una decisión ya tomada. A él lo sorprendió más el modo que el fondo: la limpieza quirúrgica con la que lo había apartado de su vida. Fue un golpe seco, sin grietas previas que anticipasen un colapso predecible.

Mientras se ajustaba la corbata, un pensamiento se deslizó con suavidad pero punzante: quizás también había sido culpa suya, por esas largas horas entre dispositivos de diálisis y balances de laboratorio, por los días que se le habían escapado sin verla, sin escucharla. La certeza se desvanecía antes de poder sostenerla, pero no desaparecía del todo; flotaba en el aire, un murmullo silencioso que lo acompañaba cada mañana frente al espejo.

Aquella noche había quedado con su hija para cenar, y solo pensar en ello le dibujó una ligera sonrisa. No importaba quién había propuesto la cita; lo que contaba era la oportunidad de verla de nuevo, de compartir un tiempo que antes había parecido escaso entre obligaciones que él consideraba ineludibles. Se imaginó su risa ligera, cómo se iluminaban sus ojos cuando hablaba de algo que le apasionaba, y un calor sutil le subió al pecho.

Suspiró y salió de casa.

Justo al girar hacia la puerta principal, la vio. Una mujer que acababa de entrar, con una bolsa colgada del brazo y el gesto contenido. Se cruzaron apenas un instante y se saludaron con un hola de cortesía.

Se quedó con una impresión rápida: la mujer tenía modales pulcros, incluso amables, pero en su forma de sostener la mirada y el bolso había una rigidez extraña. Le parecio el tipo de perdona que no levantaba sospechas, pero tampoco inspiraba familiaridad.

Eduardo salió al exterior, respiró hondo el aire fresco de la noche y se perdió en la calle rumbo al restaurante donde lo esperaba Sofí. Cada paso lo acercaba a su risa, a sus preguntas, a la calidez de su voz, pero también le recordaba que debía volver a cubrirse con una coraza invisible, como un escudo de cristal, para que ella no percibiera el peso de los meses recientes. La indolencia que lo había ido envolviendo debía permanecer detrás de esa máscara de atención y cuidado; no podía permitirse que se filtrara ni un atisbo de cansancio. Mientras caminaba, respiró hondo otra vez, enderezó los hombros y se preparó para enfrentar, una vez más, la batalla silenciosa que le permitiría mantener intacta la sonrisa que su niña merecía.


Capítulo 7


Esa noche, exhausta, se dejó caer en la cama sin apenas cenar. La cabeza le daba vueltas y un silencio denso la abrazaba. Intentó repasar mentalmente las sesiones individuales que había tenido que preparar, pero no hubo hilo que atara sus recuerdos. Cada alumno tenía su propio avance, sus dudas y ejercicios pendientes, y el martes ... el martes parecía haberse borrado de su memoria. Era como si ese día nunca hubiera existido, dejando un vacío húmedo y frío en su mente. Cada intento de reconstruir el hilo de cada alumno de aquel día se deshacía antes de tomar forma.

Cerró los ojos y el sueño la arrastró sin aviso. Se encontró en una casa luminosa, cálida, con paredes bañadas de un dorado suave, como si el tiempo hubiera decidido ralentizarse. Allí estaba su madre, joven, radiante, con el cabello cayendo en ondas sobre los hombros. Entre sus brazos sostenía a una niña que era la viva imagen de Gloria. La niña la miraba con ojos grandes y expectantes mientras le tendía la mano; al tomarla, el calor de aquel roce se abrió paso en su pecho. El sueño olía a miel y madera húmeda, y cada gesto de su madre dejaba un rastro dentro de ella, como si algo escondido la empujara a despertar en una nueva realidad.”

Despertó con un sobresalto, la sábana arrugada entre los dedos , un sudor frío pegado a la espalda y con la extraña certeza de que había dormido más de lo que recordaba. Se incorporó. Gloria no iba a permitir que un par de visiones raras le desbarataran la mañana. Había un orden que cumplir, y en su mundo el vestirse era poco menos que una ceremonia litúrgica.

Primero, las medias finas. Porque todo empieza desde abajo, como los cimientos de una casa decente. “Si no están bien colocadas, ¿qué sentido tiene el resto?”, pensaba ella mientras las alisaba, comprobando que no hubiera un solo hilo rebelde.

Después, la ropa interior. Modesta, sí, pero según Gloria, la verdadera heroína de cualquier conjunto: “Sostiene, protege y recoge las dudas”, murmuró mientras acomodaba cada pliegue con precisión quirúrgica.

La falda lápiz vino a continuación, con un ritual digno de coreografía. Una pierna, luego la otra, un pequeño salto para asegurarse de que la cintura quedara exacta, y la satisfacción de ver la línea de la costura caer recta como la justicia divina.

La blusa de seda era otro cantar: botón por botón, de arriba abajo, porque empezar por la mitad era herejía intolerable. Cada clic en el ojal resonaba en su pequeño monasterio del orden.

El cinturón, más filosófico que necesario, se ajustó con precisión milimétrica: ni un agujero más apretado ni uno más suelto. “Las cosas, bien sujetas”, se recordaba.

Por último, los zapatos: salones negros, impecables, con tacón exacto, como guardianes de su mundo y su postura. Antes de dar el primer paso, se inclinó para comprobar que los lazos estuvieran perfectamente simétricos. Porque claro, ¿cómo iba a enfrentarse a la vida si los cordones parecían dos serpientes discutiendo?

Terminó erguida, impecable, como si en lugar de vestirse para un jueves cualquiera se hubiera preparado para ser esculpida en bronce. Y con una mueca satisfecha —mezcla de orgullo y alivio— se dijo a sí misma:

—Ya está. Vestida. Inexpugnable.

Pero el malestar sordo de una sospecha, no la dejaba tranquina . Volvió la vista hacia el armario. Había dormido mal, sí, pero no tanto como para permitirse semejante descuido: ¿y si alguna percha estaba torcida? Gloria no podía permitir que las cosas quedaran a medio camino de la decencia.

—Las perchas son como soldados —refunfuñó—, o están alineados o no sirven.

Con ese pensamiento, abrió el armario de golpe, dispuesta a inspeccionar la tropa. Y fue entonces cuando lo vio: aquel traje colgado como un huésped sin invitación, con su descaro de tela suelta y su azul indefinido, ni marino ni celeste, más bien un “ya veremos” que no se decidía por nada. La tela caía demasiado suelta, como si en vez de ropa fuera una persona diciendo: “tranquila, mujer, no pasa nada”.

Gloria frunció el ceño. No era un error de memoria: alguien estaba en su piso. Alguien con llaves, alguien que, claramente, se sentía cómodo como pez en el agua en su reino de orden y simetría. Gloria lo sabía, lo sentía, y no había duda posible.

Su mente se agitaba, como un ejército de pensamientos con botas demasiado grandes. No podía tolerarlo, no podía quedarse con los brazos cruzados mientras alguien usurpaba su santuario. Cada percha, cada calcetín, cada cordón perfectamente simétrico era ahora territorio invadido.


Capítulo 8


Qué absurdo todo, pensó mientras avanzaba. Un mes después de firmar la separación, justo un mes tras liquidar cuentas con Rocío, y llega la oferta por la startup. Millones. Un golpe de suerte que habría hecho vibrar a cualquiera. A él, en cambio, solo le provocó una sonrisa seca. Siempre había tenido poder adquisitivo suficiente: primero como alto cargo de una multinacional de medicamentos, luego con la  startup. El dinero no significaba nada. Lo había tenido todo y siempre le había parecido irrelevante; incluso ahora, cuando la fortuna caía en sus manos, no era más que un eco distante, un detalle irónico que no podía alterar nada de su apatía.

Aun así, la ironía le resultaba un regodeo sutil: Rocío se había marchado de su vida con la misma precisión fría que mostraba en todo. Firmaron la liquidación de bienes como quien cierra un contrato administrativo. Y justo después, cuando ya no podía reclamar nada, la fortuna llegó de golpe. Una justicia absurda, inútil, pero suya.

Enderezó los hombros y apretó el paso. Su hija lo esperaba, y con ella el único motivo que aún encendía algo en su pecho.

Al llegar al restaurante, el metre lo recibió con un gesto impecable.

—Buenas noches, ¿tiene reserva?

—Sí, a nombre de Valera.

Lo condujo entre mesas iluminadas con velas bajas y conversaciones en voz baja.  Cada gesto era preciso, cada movimiento controlado; todo él era una máscara cuidadosamente ajustada.

Y allí estaba ella. Su hija, hojeando el menú con concentración, se levantó al verlo y le dedicó una sonrisa amplia.

—¡Papá!

El abrazo fue breve, contenido, suficiente para percibir el olor a desinfectante de manos que parecía haberse impregnado en su piel. Cardiología, pensó con orgullo silencioso. Guardias interminables, noches sin dormir, pero un futuro sólido frente a ella.

Al principio hablaron de lo cotidiano: rotaciones, pacientes que la habían marcado, compañeros que se hundían o brillaban bajo presión. Eduardo la escuchaba con atención disciplinada, como quien quiere memorizar cada gesto y palabra. Durante un instante, se permitió sentir que esa cena era lo que realmente importaba.

Pero la velada tenía otro destino.

Ella dejó el tenedor sobre el mantel y lo miró directamente a los ojos, con un gesto demasiado calculado para ser casual.

—Papá… —dijo, con calma medida—. Mamá me ha pedido que te lo diga. Es mejor que lo escuches de mí. Necesitamos que le des tu parte del piso.

Eduardo sintió un nudo en el estómago. No le sorprendió la petición, sino otra vez la forma: esa estrategia limpia, sin fisuras, que lo dejaba sin margen de réplica. En ese instante pensó que su hija había heredado algo de su madre: no la crueldad ni la voluntad de herir, sino esa precisión implacable para colocar las palabras. No la culpó por ello. La sintió como víctima de un determinismo biológico, como si ciertas maneras de actuar viajaran en la sangre con la misma obstinación que los rasgos del rostro o el timbre de voz.

La observó con ternura amarga. Su hija hablaba con firmeza, pero Eduardo veía la tensión detrás de su seguridad: el papel que le había tocado representar, la fidelidad dividida.

—Tú no vas a quedarte en él, y… vamos, todos sabemos que no tienes problemas de dinero.  Mamá, en cambio, necesita estabilidad. Esa hipoteca es enorme y su parte le está asfixiando. 

Las palabras resonaron con un eco áspero en su interior. Respiró hondo, dejando que la templanza se posara sobre él como una segunda piel, y habló despacio:”

—Ya veo. Entiendo que quieras lo mejor para tu madre.

Su hija lo observaba, esperando una rendija de emoción, una grieta en la armadura de padre entero. Pero Eduardo permaneció firme. La riqueza no significaba nada para él; la vida y la muerte habían pesado lo mismo en su balanza. Ahora solo se mantenía en pie porque ella, su hija, merecía la disciplina de un hombre que proyectara fortaleza incluso cuando todo lo demás le resultaba indiferente.

Tomó un sorbo de agua y esbozó una seca sonrisa.

—Haré lo que pides —dijo, con voz  apagada y sin alzar la mirada.


Capítulo 9


Gloria descendió del ascensor con el bolso apretado contra el costado como si llevara dentro los planos de un misil.  Una vez en la planta baja, con paso decidido, el eco de sus tacones marcaban un compás severo en el mármol del vestíbulo. Al llegar a la entrada,  el portero levantó la vista de la garita. Un chaval nuevo, con pinta de no haber pasado todavía la mili de la vida. Una semana llevaba ahí, y lo poco que había visto de la señora del quinto le había parecido… normal. Hasta hoy.

—Buenos días —balbuceó, con esa voz blandengue de quien todavía quiere caer bien.

Ella no perdió tiempo en cortesías.

—Mire, necesito que llame a un cerrajero ya. Que me cambien la cerradura hoy mismo. No mañana, ni pasado: hoy.

El portero parpadeó, tragando saliva.

—¿Ha perdido las llaves?

Gloria le clavó la mirada como si lo estuviera examinando para un examen sorpresa.

—¿Perderlas yo? No diga tonterías. Mis llaves están donde tienen que estar. Lo que no está en su sitio es mi tranquilidad. Y yo, cuando digo que alguien me ha entrado en casa, no estoy especulando: lo afirmo.

El portero abrió la boca, la cerró, y volvió a abrirla. Parecía un pez recién sacado del agua.

—Pero… yo no he visto nada raro…

—Claro que no. Si lo hubiera visto usted, ya no sería raro, sería evidente. Y para eso no necesitamos portero. Así que haga el favor: por lo visto, la inmobiliaria ni se molestó en cambiar la cerradura del antiguo inquilino.

El pobre chaval, estupefacto, apenas atinó a asentir. Tenía la sensación de que aquella mujer no pedía: dictaba sentencia.

Gloria, satisfecha, dio media vuelta y salió del portal con el paso firme de quien ha puesto  los puntos sobre las íes. El portero, mientras la veía alejarse, se quedó con la boca entreabierta, mascullando un “madre mía” que no llegó a salir del todo.

Ya en la calle, el sol brillaba con descaro, casi ofensivo. Callejeó hasta la academia, decidida a sacarse de la cabeza aquel traje azul de tan mal gusto que había aparecido en su armario y el maldito martes que no aparecía por ningún lado.

En una acera estrecha tuvo que apartarse para dejar pasar a una señora con dos bolsas del súper a punto de reventar. La rebasó resoplando  y exhausta. Gloria la miró de reojo, sin poder evitar el comentario mental:

Mírala, como locomotora en cuesta. ¡Que un esguince lumbar no entra en la oferta del tres por dos, reina! A ver si aprendes a hacer dos viajes… que el fisio no te lo descuentan en caja.

Lo suyo no era simple mala leche ni ganas de dejar en ridículo al prójimo. Gloria necesitaba ponerle etiqueta a todo lo que se cruzaba en su camino, y no por capricho. Era su manera de respirar hondo en un mundo que, de otra forma, se le volvería insoportable. Allí donde otros veían normalidad, ella veía una amenaza de caos. Por eso convertía en caricatura lo que miraba: para domesticarlo.

Si no señalaba, si no bautizaba cada gesto ajeno con una ironía, sentía que lo desconocido podía desbordarla. En realidad, juzgar era su defensa más íntima, su forma de clavar una chincheta en la realidad y dejarla quieta, inmóvil, como una mariposa que ya no puede revolotear. Sus frases mordaces eran un refugio, no un ataque.

Podía sonar cruel, sí, pero en el fondo se trataba de una necesidad: sin ese arsenal de definiciones, Gloria se sentiría expuesta, vulnerable, a merced de lo imprevisible. Y ella —que tanto temía perder el control— prefería pagar el precio de parecer excesiva antes que dejar la puerta abierta al desconcierto.

Gloria entró en la academia con paso firme, ignorando el murmullo del lugar. La directora, al verla , sonrió y  con una expectativa contenida  le susurró: 

—¿Alba?


Capítulo 10


Eduardo había aprendido a sobrevivir en su economía a base de desgana. No porque no entendiera las cifras —había pasado demasiadas horas de su vida entre balances, hojas de cálculo y previsiones de mercado como para alegar ignorancia—, sino porque le pesaba demasiado enfrentarse a ellas. El dinero se había convertido en un territorio árido, sin atractivo alguno, donde cada decisión se le antojaba un trámite fatigoso más que una oportunidad.

La ilusión de la empresa biotecnológica le había llegado de rebote, a través de un contacto de confianza que hablaba con entusiasmo de laboratorios, ensayos clínicos y un futuro brillante. Al oír que se centraba en la investigación del Alzheimer, Eduardo levantó por primera vez la mirada de su apatía. La enfermedad había devorado a su padre, arrancándole los recuerdos y la dignidad hasta convertirlo en un espectro de sí mismo.

Por un instante le sedujo la idea de pensar que, invirtiendo allí, tal vez estaba empujando una pequeña piedra contra la marea del olvido. Que, con suerte, algún día otros hijos podrían conservar intacta la mirada de sus padres, sin tener que asistir al desmoronamiento lento y cruel que a él le había arrebatado al suyo. Era una ilusión tenue, casi ingenua, pero le servía como un pacto íntimo con la memoria: si no había podido salvar a su padre, al menos podía contribuir a que la enfermedad no siguiera desdibujando vidas en silencio.

Aquella fue la razón por la que destinó parte del dinero de la venta de su propia startup a NeuroGene. No era tanto una inversión como una ofrenda personal, un gesto mínimo contra la dolorosa sombra que había sacudido a su familia.

Más allá de ese destello emocional, no quiso involucrarse demasiado. Para no cargar con la responsabilidad directa, dejó el asunto en manos de su asesor financiero, un tal Luján, que era quien todavía encontraba sentido a diseccionar cifras y plazos. Luján se movía entre contratos y balances con una frialdad de cirujano, enviándole informes escuetos y llamadas breves que Eduardo escuchaba casi de manera automática, como quien hojea un libro sin leerlo realmente.

Para él, aquellas páginas eran como tablillas de piedra escritas en un idioma que no tenía ya fuerzas para aprender, y apenas se molestaba en intentar descifrarlas. Le bastaba con el gesto breve de asentimiento de su asesor. Esa inclinación de cabeza equivalía a una absolución. Nada más importaba. En el fondo, delegar no era solo comodidad; era también una forma de blindarse. Si las cosas salían bien, perfecto. Si salían mal, al menos podría decirse a sí mismo que nunca estuvo realmente al mando.

El capítulo podría haber acabado ahí, con la firma y la rutina volviendo a tragárselo todo, de no ser por la llamada.

—Eduardo, tenemos un problema. —La voz de Luján sonaba más seca de lo habitual—. No me gusta nada lo que he visto en los balances de NeuroGene.

Eduardo se removió en el sofá, con el móvil pegado a la oreja y la televisión encendida de fondo, sin sonido.

—¿Qué balances? —preguntó, casi sin ganas.

—Los que acaban de publicar en el registro. Hay movimientos que no cuadran. Fondos que entran y salen con una rapidez imposible para una empresa de investigación. Dinero que se evapora.

—Bueno, esas cosas las manejas tú, ¿no? —replicó Eduardo, intentando cerrar el tema con la indiferencia de quien prefiere mirar para otro lado.

Un silencio tenso cruzó la línea.

—Eduardo, escúchame bien —dijo Luján finalmente—. Si seguimos en esto, tu nombre va a estar en papeles que no querrías ni ver de lejos. Creo que alguien está usando la empresa para otra cosa.

Eduardo apagó la tele con el mando y se quedó mirando su reflejo oscuro en la pantalla. Por primera vez en mucho tiempo, la apatía no le alcanzó para cubrirle el estómago: un nudo de incomodidad empezaba a crecer.

Y aún no sabía que era solo el principio.


Capítulo 11


Gloria arqueó una ceja y se plantó frente a la directora como si le hubiera dicho el mayor disparate de la mañana.

—¿Alba? Mire, querida, yo soy Gloria. Alba será la que viene después de la aurora boreal.

La directora rió nerviosa, agitando unos papeles como si con eso pudiera disimular.

—Perdón, perdón… no sé por qué se me ha escapado…

Gloria bufó, sacudiéndose la incomodidad con una ironía que le salía de serie.

—Pues será que hoy no desayunó bien. A ver si la próxima me confunde con Cleopatra, que al menos tenía joyas.

Kera se echó a reír, agradecida por la broma. Gloria le dedicó una palmada ligera en el brazo, gesto de complicidad, y siguió su camino por el pasillo. El eco de sus tacones rebotaba contra las paredes como si marcara la entrada de una diva en escena.

Al llegar a la puerta del aula, respiró hondo y la abrió con decisión. Dentro, tres adolescentes de bachillerato la miraban con una sonrisa apagada: carpetas a medio abrir, bolígrafos listos y ese aire de resignación propio de quien ya sabe que las integrales no se aprenden por ósmosis.

En la última fila, casi camuflado tras una sudadera gris, estaba el universitario de refuerzo. Gloria reconoció vagamente su cara, aunque el nombre… ni rastro. Lo mismo que las clases del martes. Nada, ni una mísera imagen mental. Como si se hubieran volatilizado por completo.

Se irguió, sonrió con aplomo y, como siempre, improvisó:

—Antes de empezar, voy a hacerles una confesión pedagógica —dijo, paseando la mirada sobre los cuatro como si fueran un jurado—. Las matemáticas no se recuerdan: se reconstruyen. Así que, si esperan que yo venga aquí a repetir como un loro lo del martes, están muy equivocados.

Los de bachillerato se miraron entre sí, entre divertidos y aterrados. El universitario alzó un poco la cabeza, intrigado.

Gloria dejó su bolso en la mesa con un golpe seco, como quien planta una bandera.

—Hoy no voy a explicar nada que ya sepan —continuó—. Sería insultar a su inteligencia. Vamos a hacerlo al revés: ustedes me dicen qué quedó pendiente, y yo les demuestro que no hay pendiente demasiado empinada que no se pueda escalar.

Uno de los adolescentes levantó tímidamente la mano.

—Profe… el martes estábamos con… eh… derivadas de funciones trigonométricas.

Gloria sonrió como si esa respuesta fuera exactamente la que estaba esperando, aunque al muchacho por dentro, la palabra “trigonométricas” le sonara a conjuro maya.

—Perfecto —respondió con firmeza—. Pues entonces, vamos a domar a ese monstruo.

Gloria se plantó frente a la pizarra con la tiza entre los dedos, como si fuese una extensión natural de su mano. Lo suyo siempre había sido improvisar. Desde niña tenía esa chispa para resolver al vuelo lo que a otros se les atragantaba. En su casa, cuando los compañeros de clase llegaban a pedirle ayuda con un problema de matemáticas, ella no solo lo resolvía: lo reinventaba. Sacaba el resultado por tres caminos distintos, como si se tratara de un juego de ingenio en el que siempre terminaba ganando.

Las matemáticas eran su territorio desde temprano. Había algo en las simetrías, en las curvas de una gráfica o en la precisión de una derivada que le hablaba en un lenguaje secreto. Un don innato, decían. Pero no era un don que se quedara en lo abstracto: lo suyo era unir cabeza y adrenalina.

De adolescente, mientras otros soñaban con conciertos o discotecas, Gloria se escapaba a los circuitos de karts. Allí, enfundada en un mono que siempre le quedaba un poco grande, medía su temple en cada curva cerrada, oliendo a gasolina quemada y a caucho caliente. Su habilidad al volante era evidente: cada carrera la enfrentaba con precisión y velocidad, convirtiéndose en una piloto excepcional. El rugido del motor le parecía tan matemático como una ecuación: potencia, fricción, velocidad, todo encajaba con la exactitud de una fórmula bien resuelta. Su fascinación por los automóviles no se limitaba a la pista: devoraba revistas especializadas, estudiaba motores, diseños y tecnologías, y pronto se convirtió en una verdadera especialista, capaz de hablar de coches con la autoridad de alguien que los entiende desde dentro.

Y no solo eso. También había probado el tiro al blanco. Pistola en mano, el pulso firme, los ojos clavados en el objetivo. No era por violencia ni por afán de peligro: era la precisión lo que la fascinaba. El cálculo invisible entre respiración, tensión muscular y trayectoria de la bala. Otro ejercicio de control, de exactitud, de ritmo interno.

Todo aquello formaba un mosaico que la había hecho ser quien era. Gloria no concebía separar la cabeza del cuerpo, la teoría de la acción. Su vida entera había sido entrenarse para improvisar con rigor.

Ahora, frente a cuatro alumnos expectantes, sentía que estaba en otro tipo de circuito. La pizarra era su asfalto, la tiza su volante, y cada fórmula matemática un giro cerrado que debía trazar con elegancia.

Los adolescentes se miraban entre sí, medio perdidos, pero el universitario esbozó una sonrisa. Había algo magnético en la forma en que Gloria convertía las matemáticas en un deporte de riesgo. Mientras esperaba su turno —porque sabía que ella lo atendería aparte—, no pudo evitar recordar la clase del martes: aquella Gloria había sido precisa, cercana, con una calidez inesperada que lo hacía sentir acompañado en cada paso; la de hoy, en cambio, era puro ímpetu, pedagogía de choque, una energía indomable que enseñaba a fuerza de sacudidas. Dos rostros distintos de la misma profesora, pensó, y ambos igual de capaces de mantenerlo despierto.

Con la jornada concluida, Gloria avanzó por la vereda de plátanos camino a casa. El bolso colgaba del hombro, pero la tensión habitual había desaparecido; cada paso parecía medir su propio ritmo. Caminaba más despacio, como si el suelo reclamara su atención.

Suspiró, alzó la vista y algo empezó a transformarse . El aire olía a hierba recién cortada, a humedad de piedra. Notaba cada detalle: el vuelo de los gorriones, el reflejo del agua quebrándose en fragmentos luminosos, el rumor acompasado de los pasos de los transeúntes.

Dejó de analizar y sintió que el mundo la invitaba a mirar con otros ojos, a sentir con otros sentidos. Era un tejido de luz, sonido y movimiento en el que de repente se reconocía, sorprendida de lo intenso de cada vibración, de la claridad de cada instante. Por un momento, todo lo que conocía de su vida diaria —los ritmos acelerados, los problemas, la tensión habitual— se disolvió. Y ahí estaba ella, suspendida en esa sensación, con la certeza de que nunca había percibido algo tan completo, tan vibrante, tan asombrosamente presente.

No supo si era cansancio, sugestión… o algo más…

Y así, en un suspiro, se evaporó, como si su lugar aguardara otra presencia."


 Capítulo 12.


Eduardo colgó con la promesa de Luján resonándole en la cabeza:

—Hoy mismo muevo mis contactos. Necesito saber hasta dónde llega todo esto —había dicho con una seriedad que no admitía réplica.

Se quedó un instante inmóvil, sosteniendo el teléfono en la mano como si todavía ardiera. La idea de que parte de su dinero —y su nombre— pudieran estar enredados en una trama turbia le apretaba el estómago. Quiso pensar en otra cosa, pero justo entonces un zumbido metálico, insistente y agudo, atravesó el silencio del pasillo.

Una taladradora.

Movido por la curiosidad, Eduardo salió. Frente a su puerta, el cerrajero ya casi había terminado, agachado sobre la cerradura del piso de enfrente. A su lado, el portero —un hombre mayor, con una barriga de tonel y aire de abuelo que ya no se toma las cosas demasiado en serio— observaba como si aquel trabajo fuera lo más entretenido del día.

—¿Qué ocurre? —preguntó acercándose.

—Nada grave, don Eduardo —contestó el portero, encogiéndose de hombros—. Estamos cambiando la cerradura de su vecina. Ya ve, dice que le han entrado. A mí ya me da lo mismo: en un par de semanas me jubilo. El que vino esta mañana será quien me sustituya. Buen chico, sí, pero salió diciendo que esta señora tiene un carácter de aúpa. ¡Mire usted qué cosas!

Eduardo sonrió apenas, con una mezcla de distracción y curiosidad, hasta que oyó abrirse la puerta del ascensor. 

Del interior apareció una mujer cargada de bolsas de ropa y calzado. Tendría unos treinta y tantos años, y aunque llevaba tantas bolsas que parecía transportar toda una tienda, caminaba con calma, como si aquello no pesara en absoluto. Había en su porte algo sereno y a la vez magnético, una belleza madura que lo dejó descolocado.

—Buenas tardes —dijo ella, con voz tranquila y dando a entender que estaba frente a su puerta.

—Buenas, señora —contestó el portero, quitándose la gorra con un gesto automático.

El cerrajero se incorporó, sacudiéndose las manos, y le tendió la llave a Alba con aire solemne, como quien entrega una reliquia.

—Aquí tiene,  señora. Una cerradura de cilindro europeo de última generación, con sistema antibumping, antitaladro y escudo magnético de acero templado. —Hizo una pausa dramática, orgulloso—. Vamos, que si alguien intenta forzarla, antes se rompe el destornillador que la cerradura.

Alba lo miró, arqueando una ceja, y sonrió con ironía:

—Me pregunto si al abrir la puerta ahora saldrá humo y confeti, como en los estrenos de cine.

 El portero soltó una carcajada, y Eduardo también, aunque en su caso la risa venía acompañada de una fascinación creciente.

—Soy Eduardo —se apresuró a decir, señalando la puerta de su casa—. Su vecino de enfrente.

—Encantada —respondió ella, con una inclinación leve de cabeza. Se despidió con suavidad y entró en el piso con paso tranquilo y seguro, cerrando la puerta tras de sí y dejando en el ambiente una sensación de quietud ligera.

Eduardo y el portero se quedaron un instante en silencio, mirando la puerta cerrada. Luego se miraron entre sí con idéntica expresión de sorpresa.

—¿Y dónde están los malos humos de esta señora? —murmuró el portero, arqueando las cejas.

Eduardo solo pudo encogerse de hombros, con una sonrisa que no consiguió disimular. Había en ella algo que lo había desarmado, una serenidad magnética que se le quedó prendida en la cabeza más de lo debido. Por un momento se permitió fantasear: una cena juntos, una conversación larga y sin relojes, la posibilidad de descubrir qué escondía esa calma.

Pero enseguida apareció la punzada inevitable de la diferencia de edad. No era una distancia imposible, pero sí lo bastante clara para recordarle que aquello, probablemente, no pasaba de un sueño privado.

Cerró la puerta despacio, como si no quisiera romper el hechizo. Apoyó la espalda contra la madera y dejó escapar un suspiro largo, arrastrando consigo la fugaz ensoñación. La sombra de Luján volvió entonces a imponerse con todo su peso.

Se dejó caer en el sofá y encendió una lámpara baja. El resplandor cálido apenas lograba suavizar la tensión que le trepaba por el pecho. Luján había hablado con una seriedad inusual. Mover mis contactos, había dicho. Eso no era una frase al aire. Luján no era de los que dramatizan: si lo había expresado de ese modo, es que había algo grande detrás.

Se sirvió una copa de vino, aunque no tenía ganas de beber. Se quedó mirando el líquido oscilar en la copa, como si allí pudiera encontrar respuestas. El fraude, la inversión, el dinero… y su nombre atado a algo ...

El sueño le venció tarde, y no fue descanso sino un caer en un pozo de imágenes confusas: documentos que ardían, un despacho vacío, voces apagadas detrás de una pared. Entre todo aquello, apareció fugaz la figura de Alba, cruzando el pasillo con sus bolsas de ropa, como si perteneciera también a ese sueño extraño.

A la mañana siguiente lo despertó el teléfono. Eduardo lo agarró con reflejo rápido, todavía entumecido por la mala noche. Era Luján.

—Eduardo —la voz sonaba tensa, más que la víspera—. No podemos seguir hablando por teléfono. Esto es más serio de lo que creía.

—¿Qué pasa? —preguntó él, incorporándose en la cama.

—Es mejor que nos veamos. Hoy mismo, cuanto antes. Tengo que decirte algo que solo puedo explicarte en persona.

El silencio posterior fue tan denso que Eduardo casi podía escuchar el latido de su propio corazón.

—De acuerdo —respondió finalmente, con la voz más firme de lo que se sentía—. Dime dónde y a qué hora.

—En una hora te llamo con los detalles. Estate preparado y no comentes nada con nadie. Ni una palabra.

La llamada se cortó. Eduardo se quedó mirando el teléfono, con la certeza de que acababa de entrar de lleno en algo mucho más grande de lo que había imaginado. El peso de la ansiedad le trepaba por el estómago, y sin embargo, en un rincón secreto de sí mismo, percibió algo distinto: un latido más vivo, como si el impacto lo hubiera arrancado de la modorra gris en la que llevaba tanto tiempo instalado. No era un alivio, ni mucho menos, pero tampoco era del todo malo sentir que, por primera vez en meses, algo conseguía sacudirlo de verdad.


Capítulo 13

 

Alba no llegó al mundo en el mes de las flores, ni fue anunciada por campanas o por la luz temprana de un claro amanecer. Surgió invisible a los ojos, y sin embargo tan real como un suspiro que abre grietas en la piedra. Nadie la vio; ni siquiera quien habitaba ese cuerpo, atrapada en su propio laberinto.

Fue en una de esas noches en que la obsesión se volvió tormenta. Gloria, agotada, sentía que cada gesto y cada pensamiento debía cerrarse con cuidado, completarse hasta el final, como si dejar algo a medias fuera a derrumbar su mundo. Colocaba objetos, ajustaba detalles, repasaba mentalmente cada secuencia una y otra vez, evitando que el más mínimo fallo fuera una grieta por la que el caos se colaría. El aire se le hacía denso, el espacio insufrible. Los muros de su habitación se estrechaban lentamente, avanzando sin pausa, hasta envolverla en un peso que amenazaba con quebrarla. Cada latido se mezclaba con un temblor interno, cada pensamiento inconexo retumbaba como un martillo. La presión era absoluta, como si la realidad misma conspirara contra ella.

Y entonces ocurrió: en el instante en que la obsesión alcanzó su punto más insoportable, algo dentro de ella se partió. No con estruendo, sino con un silencio hondo, como cuando el hielo cede y el agua vuelve a fluir. De esa fractura, en el instante en que todo dentro de ella se rendía... nació Alba.

Surgió como un susurro desde lo más profundo del corazón. No fue llamada, ni buscada. Nació como la otra cara del dolor: una claridad flexible, un murmullo de libertad en medio de tantos grilletes. Fue la única forma que halló el alma de Gloria para no apagarse, porque el exceso pedía un contrapunto. Ese fue su alumbramiento: un relámpago silencioso, un estallido invisible en la noche. Allí donde la joven estaba a punto de hundirse, Alba se levantó con la sencillez de lo inevitable y la fuerza de lo que llega para quedarse.

Los días pasaron y estos seguían igual, con la rigidez intacta, aunque en el aire había un cambio apenas perceptible: una grieta por donde se filtraba la luz. Alba no hablaba ni intervenía. Simplemente existía. Y en esa existencia callada, las sombras se suavizaban. Tras cada gesto sin cerrar, un respiro breve le permitía a Gloria sentir que podía seguir.

La compulsión no desaparecía, pero ya no era absoluta. Había un hueco diminuto donde Alba susurraba: “deja que entre el aire”. En ese espacio, Gloria descubría que podía sostener una mirada, dejar un cajón entreabierto, sobrevivir al miedo sin quebrarse.

Ella no iluminaba el camino, pero su claridad escondida bastaba para que Gloria no se apagara. Estaba allí, invisible y silenciosa pero siempre presente.

 El tiempo seguía su curso con la misma rigidez, aunque bajo la superficie todo era distinto. Y en ese discurrir llegaron también los otros rostros, los encuentros inevitables. Como aquel chico de la Universidad, de mirada intensa y que había despertado la fascinación en Alba. Y no era solo admiración pasajera: ella, aunque se sentía atrapada en un cuerpo ajeno a su control, se descubría enamorada, rendida ante la promesa de cercanía que él ofrecía. Cada sonrisa suya despertaba un resplandor interno que Alba no podía exteriorizar.

Luego llegó el rechazo. Gloria, con su fría precisión analítica, lo apartó. Sintió el dolor de esa distancia como un golpe directo: una punzada que no podía disipar, un frío que se extendía desde los huesos hasta la piel. No podía consolarse, no podía cambiar nada. La decepción, la tristeza, el deseo frustrado, todo quedó atrapado en su pecho, palpitando con fuerza, mientras Gloria seguía su camino sin percibir su sufrimiento.

 Aprendió pronto que habitar aquel cuerpo significaba compartir cada vivencia, buena o mala, sin voz ni elección. Nada la agotaba tanto como los rituales de Gloria, sobre todo en aquellos dos años de Aikido, que vivió como si la perfección del gesto fuera un exorcismo contra el caos. Cada repetición, cada caída, cada respiración marcada con precisión caía sobre Alba como un martilleo constante.

Y así, entre la fascinación y el aburrimiento, entre el amor frustrado y la disciplina interminable, Alba fue construyendo su territorio secreto dentro de aquel cuerpo: un espacio de observación, de registro silencioso, de pequeñas insurrecciones internas, donde el susurro constante —“deja que entre el aire”— seguía resonando.

Los días se hicieron meses, y los meses, años, hasta que al fin llegó el instante. Un martes cualquiera, sin previo aviso, amaneció desvelando el secreto de su luz. Al abrir los ojos, no fue Gloria quien miraba a través de ellos. Era Alba, asombrada de sentir el aire irrumpir en sus pulmones con la violencia de lo imposible. El peso del cuerpo, al fin suyo, la sujetaba a la cama como una verdad incontestable. Se incorporó con torpeza, como quien se adentra en un destino prestado, y la habitación se desplegó ante ella con una nitidez casi cruel. El corazón le golpeaba en el pecho, desbordado de vértigo y maravilla.


Gloria había desaparecido.


Capítulo 14 


Eduardo llegó al Bar Centro con una antelación incómoda. Había tomado el metro casi sin darse cuenta del recorrido, con el corazón en un compás irregular y la sensación de que cada mirada en el vagón lo escrutaba demasiado. El bar, con sus mesas de mármol y sus espejos antiguos, era un lugar discreto y a la vez céntrico, perfecto para alguien que quería pasar inadvertido.

Luján apareció puntual, con una rigidez en la mandíbula que no era propia de él. Se sentaron en un rincón apartado, bajo un reloj de pared que marcaba los segundos con un golpeteo insistente. Luján apoyó los codos sobre la mesa y bajó aún más la voz, como si hasta las paredes del bar pudieran delatarlo.

—Escucha con atención  —arrancó Luján, inclinándose hacia él—. Detrás de la empresa en la que metiste tu dinero está Ruggiero Mancuso, un capo de la ’Ndrangheta.

Eduardo parpadeó, incrédulo. El nombre lo había escuchado en alguna conversación velada, en recortes de prensa internacional: Mancuso, originario de Calabria, pero con tentáculos en Milán y Venecia. Famoso por comprar restaurantes y locales nocturnos, a veces con una sonrisa y un maletín, otras con fuego o plomo. Su especialidad era absorber negocios legítimos para lavar ríos de dinero negro que llegaban de la cocaína y la prostitución.

—Escucha bien, Eduardo. Mancuso nunca mete dinero porque sí. Su entrada en NeuroGene fue una jugada de distracción: esperó a que estuviera consolidada, con inversores fiables y un prestigio blindado, y entonces llegó con capital fresco. Eso hizo que todos respiraran tranquilos. ¿Quién sospecharía de un mafioso si comparte mesa con los grandes fondos?

Eduardo permanecía inmóvil, con el vaso entre las manos.

—¿Y qué hizo después? —preguntó, sin saber si quería la respuesta.

—Lo que siempre hace: desviar. Mancuso no solo entró con capital fresco, Eduardo: entró con una cantidad tan desproporcionada que se convirtió, de facto, en el hombre fuerte de NeuroGene. Con ese dinero compró poder en silencio, poder para aprobar o bloquear cualquier operación, condicionar las líneas de investigación y decidir quién se sentaba en el consejo y quién no.

Luján lo miró fijo, dejando que la idea calara.

—En otras palabras: aunque no aparezca en la portada de los informes, hoy Mancuso puede hacer y deshacer a su antojo dentro de NeuroGene.

Eduardo tragó saliva, la garganta seca como polvo.

—¿Y todo para qué?

—Para lo de siempre: mover el dinero y limpiarlo. He rastreado transferencias importantes de NeuroGene hacia SynapTech, la empresa del doctor Adriano Bellandi. Y ahí es donde está la clave —Luján lo miró fijo—. Bellandi es un neurólogo brillante, sí, pero con un historial que apesta: ensayos clínicos sin consentimiento en pacientes de Alzheimer, desaparición de expedientes médicos, y hasta sospechas de vender sustancias experimentales en el mercado negro. Siempre absuelto por falta de pruebas, pero todos en Italia saben que su ética es un chiste.

Eduardo notó un frío recorriéndole la espalda.

—¿Quieres decir que… NeuroGene financia sus experimentos?

—Exacto —asintió Luján, con dureza—. Mancuso necesitaba un caballo de Troya respetable: NeuroGene. A través de ella blanquea su dinero y, al mismo tiempo, alimenta los proyectos turbios de Bellandi en SynapTech. No hablamos solo de ciencia irregular: Bellandi está obsesionado con terapias agresivas que rozan la manipulación cerebral. Lo que antes hizo en hospitales de Turín y Milán, ahora lo puede hacer con mucho más dinero y sin vigilancia.

El silencio cayó sobre la mesa. Eduardo sintió un nudo en la garganta: por un lado, la rabia de saberse utilizado; por otro, el vértigo de entender que aquello no era un simple fraude, sino un cruce entre mafia y ciencia desbocada.

Luján suspiró, como si le pesara más de lo que podía reconocer. —Mancuso no invierte para curar el Alzheimer,Invierte para controlar voluntades. Y Bellandi es su herramienta.

Luján se incorporó despacio, como si el peso de todo lo dicho le aplastara los hombros. —Ten cuidado,Eduardo. No hables de esto con nadie. A estas alturas, no sabemos hasta dónde llegan los tentáculos de Mancuso ni cuántos de los que sonríen en las fotos del consejo están ya comprados.

Le puso una mano breve en el hombro, un gesto seco, casi fraternal, y se marchó sin esperar respuesta. Eduardo lo siguió con la mirada hasta que lo perdió entre las sombras del bar, oyendo aún el golpeteo insistente del reloj en la pared.

Quedó solo frente al vaso, con el corazón en un compás extraño: miedo, sí, pero también un fuego inesperado. Había pasado meses arrastrándose por una rutina sin brillo, apagado por la inercia. Y ahora, de golpe, aquella revelación lo sacudía de un modo brutal. Se sentía vivo, aunque fuera en medio de un peligro del que apenas entendía la magnitud.

El nombre de SynapTech retumbaba en su cabeza como un eco. Se levantó con calma, como si el simple hecho de andar sin prisa pudiera disimular la tormenta que llevaba dentro. Al salir del bar, la luz de la calle le pareció distinta: más cortante, más real.

No sabía todavía qué pasos dar ni qué riesgos asumir, pero sí una cosa: no iba a quedarse quieto. Si Bellandi y Mancuso habían convertido su inversión en un caballo de Troya, si de verdad estaban usando la ciencia para fines oscuros, entonces quería saberlo. No por justicia ni por redención, sino porque aquella certeza lo sacaba de su letargo.


Capítulo 15

Movió los dedos lentamente, uno a uno, disfrutando de la sensación de que cada gesto le pertenecía. Tocó la sábana, aspiró su olor, sintió el frío del suelo al levantarse y el leve mareo de la sangre recorriendo un cuerpo que hasta entonces no había comandado.

Una risa quebrada le brotó de la garganta: era sonido propio, no un eco escondido en otra mente. Cada paso era revelación; cada objeto, antes ajeno, respondía a sus decisiones.

El espejo la detuvo. Allí estaba el rostro de siempre, el de Gloria… pero con ojos que le pertenecían. Nunca había sentido tanto poder y fragilidad a la vez. Todo lo que había guardado en silencio parecía materializarse: el aire estaba dentro, por fin.

Pero la pregunta surgió inevitable: ¿Dónde estaba Gloria?

Abrió el armario y pasó los dedos por las telas. Cada prenda parecía un secreto antiguo. Eligió unos vaqueros y una camisa sencilla; al ponérselos, la ropa no solo la cubría, sino que la afirmaba en el mundo.

Salió al pasillo, y cada crujido del suelo era un tambor solemne celebrando su caminar. El ascensor descendió lentamente, se abrieron las puertas y avanzó hasta la entrada principal.

La ciudad entera la recibió con su ruido y su luz. Cada color era más vivo; cada sombra, más profunda. La gente a su alrededor ya no eran transeúntes, sino mapas de fisuras ocultas bajo la piel.

Alba comprendió con nitidez estremecedora que había nacido para habitar esas grietas: aliviar, recoger, calmar. Había aprendido primero con Gloria, con sus quiebras y silencios, y de ahí brotó esa inclinación que ahora proyectaba sobre todo lo que la rodeaba. Su naturaleza era transformar el dolor en calma, y en esa certeza halló un placer sereno: el mundo estaba lleno de fisuras, y ella había nacido para caminar entre ellas.


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La fachada de la academia se alzaba severa, sobria, con ventanas altas que imponían silencio. Para Gloria siempre había sido un símbolo de rectitud; para Alba, en cambio, un templo extraño al que se entraba sin cadenas.

El clac-clac de los tacones de Kera resonaba en el pasillo. Llevaba las manos cargadas de carpetas, el teléfono vibrando en el bolso, la cabeza llena de cuestiones pendientes de resolver. La presión la estrechaba con cada paso.

Giró el pasillo y casi se estampó contra Alba, que se apartó con calma.

—¡Gloria! —exclamó Kera, con la voz más aguda de lo normal—. Por favor, no te quedes en medio… Hoy no es el día.

Alba inclinó la cabeza.

—Buenos días, Kera.

La directora se detuvo. Conocía bien a Gloria: meticulosa, eficaz, controladora. Pero en esa mirada había algo distinto, demasiado hondo, como un silencio inesperado que la descolocaba.

—¿Qué pasa? —preguntó, incómoda.

No obtuvo respuesta. Solo esa mirada fija, sostenida, que parecía ralentizar el aire alrededor. Kera notó un ligero alivio, una especie de tregua que no se explicaba, como si el pasillo hubiera perdido de pronto su peso.

—Qué… —balbuceó, incapaz de entender del todo.

—Me llamo Alba —dijo ella con serenidad.

La directora se quedó inmóvil, atónita, con la extraña sensación de que la tensión que la había acompañado toda la mañana se había disipado sin razón y por completo. Alba se dio la vuelta y siguió hacia las aulas. Kera permaneció allí, mirando su espalda alejarse, con una calma extraña que no sabía de dónde había salido.


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Cuando sonó el timbre, Alba salió con paso ligero. La ciudad la envolvía con su rumor constante; cada escaparate era un pequeño asombro: una lámpara en espiral, unos zapatos rojos ardientes, un collar que parecía respirar bajo la luz.

Entonces lo vio: un traje azul en una vitrina sobria. No era un azul chillón, sino profundo, como el mar en calma. Se lo probó y lo compró sin pensarlo. Al salir con la bolsa en la mano, una pequeña muestra de perfume de lavanda que le ofrecieron la envolvió en un aroma delicado, y sintió que llevaba consigo una certeza íntima, algo que afirmaba su presencia en el mundo.

El sol declinaba cuando llegó a la biblioteca. El aire olía a papel y madera, y las lámparas encendidas formaban islas de luz en la penumbra. Caminó casi sin darse cuenta hacia el rincón que solía ocupar Gloria, y solo al sentarse notó el escalofrío de repetir ese gesto.

Dos mesas más allá, una mujer leía un volumen de tapas verdes: Tratado práctico de oratoria. Alba la había visto antes, siempre con ese mismo libro. El título brillaba bajo la lámpara, cargado de un sentido secreto.

Un estremecimiento la atravesó. De pronto la sobrecogió la idea: Gloria podía regresar en cualquier instante, ocupar su cuerpo con la naturalidad de quien vuelve a su propia casa. La sola imagen le heló las manos.

Y entonces comprendió. Si eso ocurría, si volvía a quedar atrapada detrás de sus ojos, necesitaría un modo de alcanzarla, de dejarle una señal. El tratado no era un libro cualquiera: sus palabras parecían contener la clave de un puente posible, de un lenguaje compartido.

Con esa certeza, fue al mostrador y lo reservó a nombre de Gloria. Pidió también que se añadiera una nota:

"Las palabras son puentes, pero también cuchillos. ¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar?"

Al salir, el aire nocturno le acarició el rostro. Caminaba con la convicción de haber sellado un pacto secreto con el futuro, un hilo tendido hacia la mujer que en cualquier momento podía regresar.


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La noche la recibió con farolas anaranjadas y sombras que palpitaban sobre el asfalto. Empujó la puerta del edificio, y entró sin encender la luz, como si no quisiera perturbar el silencio que la envolvía.

 Ya es casa,  respiró el aire ordenado que pertenecía más a Gloria que a ella. Se detuvo en el recibidor con una idea punzante: quizá a la mañana siguiente no sería ella quien abriera los ojos. Debía dejar huellas, señales mínimas pero inconfundibles.

Corrió apenas una cortina, inclinó un cuadro unos grados, colgó el traje azul en un lugar visible del armario. Gestos pequeños que Gloria no pasaría por alto. Luego tomó una hoja y dibujó un corazón torpe, casi infantil. Debajo, escribió casi en modo de súplica:

"Déjame respirar."

Agotada, se recostó en la cama. El sueño la tomó pronto, pero no trajo descanso. Soñó con pasillos interminables, con voces que hablaban a su alrededor sin dejarse entender, con un murmullo que crecía hasta convertirse en grito. Se veía a sí misma corriendo, buscando una puerta que nunca aparecía. El aire era espeso, imposible de respirar, y la ansiedad le apretaba el pecho como un hierro ardiente.

Se revolvió entre las sábanas, atrapada en esa angustia, hasta que algo dentro de ella cedió. Y en ese quiebre silencioso, fue Gloria quien abrió los ojos al amanecer.


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La luz que se filtraba por la rendija de la cortina tenía un tono implacable: demasiado alta, demasiado tarde. Un vuelco le recorrió el cuerpo cuando comprendió que no había sonado el despertador. Un descuido imperdonable que no llegaba a comprender.

De un salto se incorporó. La rutina —ese ancla que siempre le daba un comienzo seguro— quedó arrasada por la urgencia. Ni café, ni lista mental, ni mirada rápida al orden preciso de la casa. Apenas se enfundó la ropa, recogió el bolso y salió casi corriendo hacia la puerta.

Dentro, la hoja doblada aguardaba sobre la mesa, intacta, esperando ser leída.


Capítulo 16 


Próximamente.

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