Paco el jardinero
Molina de Segura "1935"
El carro de "Los llamas" chirrió al detenerse. Tras él, una polvareda quedó flotando, inmóvil, como un mal presagio. Ramón, el capataz, contó veintitrés jornaleros junto a la fuente. Solo doce tendrían sitio en aquella destartalada carreta.
El murmullo se quebró cuando se acercó hasta ellos, acomodándose el sombrero con un gesto lento, casi perezoso. Nadie se movió. Levantando despacio la mirada empezó a señalar uno a uno, como quien escoge piezas en un mercado. Los afortunados daban un paso al frente con los hombros hundidos, evitando cruzar las miradas con los que quedaban atrás.
José, el mancheño, apretó los dientes al ver cómo el dedo del capataz saltaba sobre él como sobre una mancha. Sus manos, callosas como corteza de olivo, se cerraron en puños dentro de los bolsillos. Allí, entre los hilvanes rotos de la tela, sus dedos encontraron la esquina del panfleto de la CNT que le habían dado en la taberna "Almunia" la noche anterior. Las palabras parecían arderle a través del papel: "Solidaridad obrera".
Doce hombres se apretujaban ya en la carreta, sus rostros marcados por una mezcla de alivio y vergüenza. Los demás permanecían inmóviles, como árboles secos plantados en una tierra árida.
José, el mancheño, buscó una salida, —quizás Paco el jardinero me haga un hueco esta semana—se dijo con resignación, aferrándose a un hilo de esperanza.
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Avanzaba despacio, con la mirada fija en el suelo, como si cada paso le costara decidir si seguir adelante o darse la vuelta. El barro del camino se le pegaba a las alpargatas y a las perneras del pantalón. Cada zancada era breve y contenida.
Paco dejó la azada apoyada contra el linde y se limpió las manos en el pantalón antes de alzar la voz.
—¡Mancheño! —lo llamó—. ¿Qué te trae por aquí tan temprano?
José se detuvo unos pasos antes de llegar, respirando con cierta dificultad, y levantó la vista. Sus ojos mostraban cansancio y una sombra de frustración.
—No hubo sitio en el carro de “Los llamas”, Paco… pensé que tal vez me necesitarías aquí —dijo, señalando las huertas con un gesto inseguro.
Paco sonrió con calma, dejando que el silencio entre ellos hablara un instante antes de responder.
—Trabajo hay, aunque no sea mucho —dijo, con voz firme pero amable—. Si quieres, puedes empezar a limpiar los brazales. Mañana te doy un jornal y algo para la familia.
José asintió, sintiendo que, por primera vez en el día, la tensión se aflojaba. Se acercó al canal y tomó la azada que Paco le ofrecía, mientras el jardinero volvía a sus labores, ajeno a las pasiones y enfrentamientos que bullían en el pueblo. Allí, entre la tierra húmeda y el canto de los pájaros, ambos hombres trabajaron en silencio, con un respeto tácito que no necesitaba palabras.
Paco el Jardinero no era hombre de prisas. Decía que la tierra se trabaja al ritmo del agua y del sol, y que forzarla era como pedirle a un niño que madurara en un solo día. Tenía unos trozos de huerta junto al cauce del Segura, heredados de su padre , y unos bancales de naranjos en la Cañada morcillo que le dejaron sus suegros y cuidaba con mimo. Su casa, era un bullicio de niñas y las risas se mezclaban con el golpeteo de cucharas contra cazos y un aroma a albahaca que embriagaba todos los rincones.
Estaba afiliado al PSOE desde hacía años, más por convicción de justicia social que por ambiciones políticas. Ayudaba en el reparto de víveres cuando las cosechas eran malas, organizaba meriendas para los hijos de los jornaleros en las fiestas del pueblo y, cuando alguien no tenía para pagar el médico, era el primero en pasar la gorra entre los vecinos.
Paco, sin embargo, no era ingenuo. Sabía que el aire en el pueblo se había vuelto más denso, que las conversaciones en la taberna duraban menos y las miradas se afilaban cuando se hablaba de política.
Mientras revisaba la limpieza de los brazales, lo observaba de reojo: el mancheño trabajaba con brío, pero había en sus movimientos una rigidez extraña, como si cada golpe de azada fuese un desahogo. Paco había visto ese gesto antes, en otros hombres que regresaban de las reuniones de la CNT con el rostro iluminado por una mezcla de rabia y esperanza.
—¿En qué andas metido últimamente, José? —preguntó, rompiendo el silencio.
El mancheño vaciló, limpiándose el sudor con la manga.
—En lo de siempre… buscando jornal y poco más —respondió, aunque en su voz había un matiz que delataba algo no dicho.
Paco no insistió. Conocía de sobra ese tono: el de quien guarda un secreto que todavía no sabe si es una bandera o una carga.
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El salón principal de la casa de los Llamas estaba fresco y en penumbra, protegido por gruesas cortinas de terciopelo que dejaban pasar apenas un hilo de luz. Sobre la mesa baja, el café humeaba en tazas de porcelana inglesa, y en el aire flotaba el aroma del tabaco rubio que fumaba don Álvaro. Gonzalo, primo segundo de la familia, había llegado aquella mañana desde Orihuela con el último número de ABC bajo el brazo y una catarata de opiniones sobre la situación del país.
—No os engañéis —decía, agitando el periódico como si fuera un manifiesto—. Aquí mismo, en este pueblo, se está incubando la peste roja. Y no hablo de cuatro forasteros… Hablo de gente que lleva apellidos de toda la vida.
Don Álvaro se reclinó en el sillón y apagó el cigarro con un gesto lento.
—Y algunos de esos apellidos… —dijo, con un deje de desdén—, como el de Paco el jardinero. Su padre fue un hombre de honor, y él… —suspiró—, anda repartiendo pan y escuchando consignas de sindicatos. Una mancha en la reputación familiar.
Gonzalo asintió, apretando los labios.
—Sí, sí… pero al menos su hermano Pepe se mantiene firme. Todo un monárquico, respetuoso, sin manchar su nombre ni plegarse a ideas peligrosas. Ese sí honra a la familia y a la Corona. Mientras Paco pierde la cabeza entre charlas y panfletos, Pepe es la verdadera imagen de lo que debemos ser.
Don Álvaro dio un último sorbo a su café y, se acercó hasta a la ventana que daba las huertas del pueblo , murmuró:
—Ojalá la cordura se contagie… pero en este pueblo, cada vez es más difícil distinguir al trigo de la cizaña.
Entre los visillos, por el camino que llevaba a la balsa del lino, un grupo de mujeres cargaba cántaros y ropa que lavar hasta el rio. Con un gesto breve, dejó caer la cortina y regresó a su sillón, hundiéndose en él como quien vuelve a un pensamiento incómodo. En el salón, el aroma del café se había enfriado, pero la conversación seguía caliente. Gonzalo retomó la palabra, con el ABC todavía en la mano, decidido a no dejar que la tarde se escapara sin repetir, una vez más, que en tiempos inciertos no había lugar para medias tintas.
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A José le llamaban el mancheño no solo por su tierra de origen, sino porque todavía arrastraba en la voz el acento seco y cortante de los llanos de Albacete. Había llegado a Murcia quince años atrás, empujado por una sequía que dejó las tierras de su familia cuarteadas como una teja vieja. Su padre murió joven, de un golpe de calor en plena trilla, y su madre, cansada de esperar lluvias que no llegaban, vendió el mulo y lo poco que quedaba de la hacienda.
José, con apenas veinte años y las manos ya endurecidas por la azada, buscó jornal donde pudo: vendimias en Jumilla, aceituna en Jaén, siegas en La Mancha. No le asustaba el trabajo, pero el trabajo parecía huir de él. Conoció a Antonia en una feria de Cieza y, al poco, se casaron. Los primeros años fueron buenos, con faena casi todo el año y un hijo que llenó la casa de ruido y risas. Pero las últimas temporadas la cosa había cambiado. Los patrones contrataban menos, y siempre había más hombres esperando en la plaza que huecos en las carretas.
José no siempre había sido un hombre de puños apretados y mirada esquiva. En sus primeros años en Murcia, creyó que con trabajo duro y callado podría sacar adelante a su familia. Pero cada temporada que pasaba, el hambre se hacía más larga y los patrones más mezquinos. Don Álvaro, dueño de las mejores tierras de la vega, nunca lo había mirado con buenos ojos. No solo por su acento forastero, sino porque José preguntaba demasiado: ¿Por qué se pagan dos reales menos por jornada aquí que en Lorca? ¿Por qué los contratos son verbales y se rompen cuando conviene al patrón?
La primera vez que lo apartaron de una tanda de trabajo, fue por "hablador". La segunda, porque Antonia, su mujer, se había quejado en la tienda cuando le dieron harina agusanada a cambio de los vales. La tercera... bueno, la tercera ya ni le dieron excusa. Solo el dedo del capataz pasando de largo, como si fuera invisible.
Fue entonces cuando las palabras de panfletos de la CNT empezaron a clavársele en la cabeza. ". Al principio, las reuniones en el almacén abandonado cerca del río le parecieron solo un lugar para desahogarse. Pero luego vinieron las historias de otros pueblos: de huelgas ganadas, de patrones obligados a negociar, de hombres que ya no agachaban la cabeza. Y algo se encendió en él.
—No es justicia lo que falta —le dijo una noche el zapatero anarquista que organizaba las reuniones—, es miedo. Y el miedo lo tienen que tener ellos.
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La mañana olía a hinojo fresco y a tierra húmeda. Pilar, la hija mayor de Paco el Jardinero, estaba sentada en un banquillo bajo el emparrado de la puerta de la posada, junto a un montón de haces de verde recién segado, aún perlados de rocío. A su lado, Paco revisaba la hierba, quitando los tallos secos con esa parsimonia que le caracterizaba. El murmullo de los viajeros que entraban y salían de la posada se mezclaba con el repicar de los cascos de las mulas en el empedrado.
—Mira, hija, este manojo está demasiado prieto —dijo Paco, aflojando los atos—. El verde hay que venderlo aireado, que así huele más y gusta mejor a las bestias.
Pilar asintió, distraída. Al otro lado de la calle, una figura se acercaba con paso firme, la boina echada hacia atrás y las manos dentro de los bolsillos. Paco la reconoció al instante.
—Mira quién viene… —murmuró, sin levantar mucho la voz.
José, el mancheño, cruzó la calle y saludó con una sonrisa breve, casi sincera.
—Paco… —dijo, inclinando levemente la cabeza—. Buen verde el que traes.
—¿Y tú? Hace un mes que no te veía.
—Buscando jornal y algo más —replicó José, esquivando la mirada de Pilar, que le observaba con una mezcla de curiosidad y cautela.
No tuvieron tiempo de seguir hablando. Desde la esquina apareció Ramón, el capataz de don Álvaro, con el andar ancho de quien se sabe dueño de la calle. Llevaba la chaqueta colgada al hombro y el gesto ya torcido antes de llegar.
—Vaya… si es el mancheño —dijo con sorna, plantándose frente a él—. ¿Todavía dando vueltas como perro sin collar?
José lo miró sin parpadear.
—Todavía trabajando, cuando se me deja.
—Trabajando… —Ramón soltó una carcajada seca—. Lo que tú haces es envenenar a la gente con esas ideas tuyas. Luego no llores si se te cierran las puertas.
Paco, que seguía sentado junto al verde, notó cómo el aire se tensaba. Pilar dejó de acomodar los haces y miró a su padre, esperando que dijera algo. Pero Paco no se movió. Sabía que en aquel momento, cualquier palabra sería como echar aceite en el fuego.
—¿Y tú qué haces? —respondió José, acercándose un paso—. ¿Pastorear jornaleros como si fueran malas bestias?
—Yo hago mi trabajo, y lo hago bien. No como tú, que solo sirves para meter bulla.
El empujón llegó antes que las manos. Un golpe seco en el hombro de José, que respondió con otro, más fuerte. En un instante, los dos hombres se enzarzaron, las botas raspando el polvo, los puños buscando carne. Ramón lanzó un derechazo que José esquivó, devolviendo un golpe en la mandíbula que resonó como un madero al partirse. El capataz tropezó hacia atrás, y estuvo a punto de caer sobre Pilar. Paco, instintivamente, se levantó para apartarlo, pero en el forcejeo su mano empujó con fuerza el pecho de Ramón, que perdió el equilibrio del todo y se fue al suelo.
El capataz cayó mal, golpeándose contra el borde de un pilón de piedra. Un quejido sordo escapó de su boca mientras se encogía, llevándose las manos al costado.
Varias cabezas se asomaron desde la posada. Un mozo de mulas corrió hacia la plaza gritando que habían molido a golpes al capataz de don Álvaro. Cuando llegaron dos guardias, Ramón, pálido y con el labio partido, apenas levantó la voz para señalar con un dedo acusador:
—Han sido… los dos.
José tragó saliva, sin apartar la mirada. Paco intentó explicar que él solo había intentado apartarlo, pero las palabras parecían no tener peso frente a la voz rota del capataz.
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Cuando estalló la guerra, a Paco el Jardinero no le dieron tiempo ni a explicarse. Lo señalaron como un rojo y lo mandaron nueve meses a la cárcel de Murcia. No había pruebas, ni delitos, solo el dedo acusador de los que aprovechaban el miedo para ajustar cuentas. Fue Pilar, su mujer, la que no se rindió: recorrió casas, tocó puertas y recogió firmas hasta juntar las suficientes para sacarlo de allí.
Volvió a Molina cambiado por dentro, más callado, pero sin rencor. A partir de entonces le aguardaron años de represalias: inspecciones que buscaban cualquier excusa para multarlo, trabas para vender su género en la lonja, miradas torcidas en la calle. Él no respondía. Seguía cuidando sus huertas, como siempre, ofreciendo trabajo a quien lo necesitara.
Cuando Paco murió, el pueblo calló. Todos, hasta sus viejos rivales, lo despidieron. Porque él sobrevivió a la guerra sin odiar, y a la posguerra sin rendirse".
Molina de Segura "2025"
"De mi abuelo, no heredé sus ojos ni sus manos callosas, pero me dejó esta certeza: que un hombre no se mide por los puños que cerró, sino por las veces que abrió la puerta a los demás. "
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