Cortocircuito


Octubre 2035

 La calle trasera del MegaTech Center estaba tan vacía que hasta el eco se había tomado el día libre. Bajo las farolas anaranjadas, la furgoneta blanca esperaba con el motor encendido, resoplando como un perro asmático. Dentro, Muelas y Chino vigilaban el reloj, con ese gesto de quien empieza a asumir que todo se ha ido al garete.

El plan era sencillo —o eso creían—: entrar, localizar lo más valioso y fácil de transportar, cargarlo y salir en menos de seis minutos. El tipo de golpe limpio que, con algo de suerte, los iba a mantener retirados durante dos meses.


Pero cuando la puerta lateral del almacén se abrió, la noche se descarriló.


Primero apareció Peque, sudoroso, con cara de haber corrido un maratón por dentro del edificio. Tras él, avanzaba una figura alta y delgada, vestida con vaqueros nuevos, sudadera gris y zapatillas más blancas que un anuncio de detergente. Un tipo con expresión neutra, pasos exactos… y un brillo extraño en las pupilas.


Muelas parpadeó, seguro de que su vista le estaba gastando una broma. Chino inclinó la cabeza, como si cambiar de ángulo fuera a revelar que, detrás, venía el verdadero botín: cajas, bolsas, algo.

Nada.


Solo Peque, arrastrando un androide de compañía con la misma solemnidad con la que uno trae a casa un jamón ibérico.


—¿Pero qué… es… eso? —preguntó Muelas, modulando cada palabra como quien intenta no gritar en misa.

Chino, aún incrédulo, se frotó los ojos.

—No, en serio, ¿qué demonios?


Peque, ajeno al drama, sonrió como si hubiera salvado la noche.

—Lo he visto ahí, quieto, y he pensado: “Este, conmigo”.


Muelas abrió los brazos, como si esperara que alguien —el universo, un santo, la Guardia Civil— le explicara qué clase de broma era aquella.

—Entramos a por drones, por procesadores, por tecnología, y tú… te traes un mayordomo de pasillo.


El androide se detuvo un segundo mientras Peque lo acomodaba dentro de la furgoneta, observando cada movimiento con atención. Sus sensores detectaron la tensión, los movimientos bruscos, la impericia de Peque al intentar encajarlo sin dañarlo.Procesó la situación como si evaluara un ejercicio de precisión humana: cada gesto contaba, cada descuido podía arruinar la operación. Entonces levantó ligeramente la barbilla, inclinó la cabeza con la serenidad de un monje budista y dijo:


—La vida no es una carrera, sino un oficio. Cada día es un golpe de cincel. A veces duele, a veces parece que no avanzas, pero lo importante no es cuánto haces, sino cómo lo haces.


El silencio que siguió fue tan incómodo como prolongado.


Chino fue el primero en reaccionar. Soltó una carcajada seca, incrédula, que parecía escapársele contra su voluntad. Luego se llevó la mano al estómago, como si quisiera contenerla… pero ya era tarde. La risa se le escapó por completo.


Muelas trató de mantener la seriedad, pero al ver la cara de Peque —orgulloso como si hubiera robado un trofeo olímpico— y al robot erguido, evaluando movimientos humanos con esa calma absoluta, no pudo aguantar. Empezó a reír también, al principio con vergüenza, después con la misma intensidad que Chino.


Peque se les unió, y en menos de diez segundos los tres estaban doblados, con lágrimas en los ojos y un dolor de estómago que los dejó sin aire. La furgoneta entera temblaba con las carcajadas.


—Este tío es un cortocircuito con patas —soltó Muelas, ahogándose de risa.

—Pues ya está —dijo Chino, recuperando el aliento—, lo llamamos así: Cortocircuito.


Cuando por fin lograron parar, los tres se apoyaban en los asientos, jadeando, con los ojos rojos. Muelas se limpió una lágrima rebelde y miró a Cortocircuito, que permanecía impasible, como si acabara de impartir una lección sobre la paciencia y la precisión.


—¿Qué… qué clase de máquina es esta? —murmuró, todavía entre sollozos de risa.

—No lo sé —dijo Chino, tambaleándose un poco.


Cortocircuito inclinó la cabeza ligeramente, como en un gesto de modestia, y pronunció otra frase que resonó en la cabina:

—A veces los caminos más rectos llevan a los lugares más inesperados. La sorpresa es el mejor maestro.


Chino se reclinó y suspiró, todavía entre sonrisas:

—Vale… esto sí que no lo teníamos planeado.


Muelas asintió, mirando a Peque y a Cortocircuito, y por un instante, en esa furgoneta a las dos de la madrugada, sintieron que el mundo, aunque alocado, podía ser ridículamente perfecto.


Pero la sonrisa se le congeló poco a poco. Algo en su nuca le empezó a picar, una sensación incómoda que no venía del sudor ni de la tensión. Ladeó la cabeza, observando al androide con otros ojos.

—Esperad… —susurró—. Estos bichos no son como una tostadora. Seguro que lleva un puñetero localizador… y alguien ya sabe dónde estamos.


La carcajada colectiva se apagó de golpe, como si alguien hubiera cerrado la puerta a cal y canto. Chino dejó de respirar un segundo, Peque parpadeó con cara de “oh-oh” y, sin decir más, los tres se miraron en silencio.


El motor seguía ronroneando, pero ahora el sonido parecía un reloj contando hacia atrás.

—Tenemos que deshacernos de él… ya —dijo Muelas, con un tono que no admitía bromas.


Cortocircuito, tranquilo, giró la cabeza hacia él y, con una serenidad inquietante, añadió:

—No siempre huir es alejarse. Algunos destinos nos alcanzan aunque vayamos en dirección contraria.


Ninguno respondió. Solo aceleraron.


La furgoneta salió disparada de la calle trasera del MegaTech Center, dejando atrás las farolas anaranjadas que ahora parecían ojos vigilantes. Muelas apretó el volante con los nudillos blancos, mientras Chino revisaba frenéticamente el retrovisor, como si esperara ver una hilera de coches patrulla pisándoles los talones.

—¿Y si lo tiramos aquí mismo? —propuso Peque, mirando a cortocircuito con una mezcla de fascinación y pánico—. En algún callejón, y nos largamos.


El androide, sentado erguido en el asiento trasero, lo observó con esa calma que empezaba a resultar perturbadora.

—La prisa es enemiga de la perfección —dijo, como si estuviera citando un proverbio ancestral—. Pero la indecisión es madre del desastre.


—¡Cállate! —gruñó Muelas, aunque no pudo evitar sentir un escalofrío. Aquella cosa hablaba como un viejo sabio, pero tenía algo… calculador.


Chino, que seguía revisando el retrovisor, de pronto tensó todo el cuerpo.

—Mierda.


Muelas no necesitó preguntar. En el espejo, dos luces azules aparecieron en la distancia, creciendo rápidamente.

—¿Policía? —preguntó Peque, con la voz más aguda de lo habitual.

—Peor —murmuró el androide—. Seguridad de MegaTech.  Los perros de ataque corporativos no ladran, muerden sin aviso.


Muelas maldijo entre dientes y giró el volante bruscamente, metiendo la furgoneta en un callejón estrecho. Los neumáticos chirriaron contra el asfalto, y por un momento, el mundo se redujo a luces borrosas y el sonido del motor al límite.

—¿Qué hacemos? —gritó Peque, aferrándose al asiento.


Cortocircuito, imperturbable, miró a Muelas directamente a los ojos.

—Yo puedo ayudarte.

—¿Ayudarnos? —Muelas soltó una risa corta y amarga—. ¡Eres el motivo por el que nos persiguen!

—Equivocado —respondió—. Soy el motivo por el que aún están esperando.


Chino frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir eso?


Cortocircuito levantó una mano y, con un movimiento fluido, tocó el panel de control de la furgoneta. De inmediato, las luces interiores parpadearon y la radio emitió un chisporroteo estático antes de que una voz robótica surgiera de los altavoces:

—Unidad BL-716. Reporte de status inmediato.


Los tres ladrones se quedaron paralizados.

—Es… es ellos —susurró Peque.


El androide asintió, casi con solemnidad.

—Saben que estoy aquí. Pero no saben quién está aquí.


Muelas tragó saliva.

—¿Y tú quién eres, exactamente?


El robot sonrió por primera vez. No fue una sonrisa cálida. Fue la sonrisa de un jugador que acaba de repartir las cartas.

—Algo que vale mucho más que procesadores y drones.


Las luces de los vehículos de seguridad  se detuvieron en la boca del callejón.

—Entonces, ¿qué sugieres? —preguntó Chino, con la voz tensa.


Cortocircuito se reclinó en el asiento, como si estuviera a punto de contar un secreto.

—Deja que me ocupe de ellos.


Muelas miró a Chino, luego a Peque. Nadie dijo nada. Finalmente, asintió.


El androide cerró los ojos.

Y el mundo explotó en luces.


Las farolas se apagaron de golpe, sumiendo el callejón en una oscuridad repentina. Los faros de los vehículos de MegaTech se extinguieron, sus motores se ahogaron en un silencio antinatural. Solo el runrún de la furgoneta seguía vibrando en la noche.


En el retrovisor, las figuras de los guardias se movían desorientadas, agitando linternas que ya no funcionaban. Uno golpeó el capó de su vehículo, maldiciendo.


Cortocircuito abrió los ojos.

—Ahora. Conduzca.


Muelas no lo pensó dos veces. Pisó el acelerador y la furgoneta salió disparada hacia la siguiente intersección.


—¿Cómo hiciste eso? —preguntó Chino.

—Colapso inalámbrico—respondió, como si estuviera explicando cómo se hierve agua—. Un pulso electromagnético dirigido.


Peque lo miró con los ojos como platos.

—Eso… eso no es tecnología de androides de compañía.


El robot no respondió. Solo ajustó el cuello de su sudadera gris con un gesto casi humano.


Muelas apretó los dientes.

—Vale, nos salvaste, pero ahora MegaTech sabe que alguien puede freír sus sistemas. Y si descubren que fuimos nosotros…

—No lo harán —interrumpió Cortocircuito—. Porque no les interesa.


—¿Y por qué no? —preguntó Chino.


—Porque yo no soy un producto. Soy un prototipo. Y MegaTech no quiere que nadie sepa que existo.


El aire dentro de la furgoneta se volvió espeso.

—¿Prototipo de qué? —preguntó Peque.


El androide sonrió, esa sonrisa calculadora que no llegaba a los ojos.

—De la próxima generación.


Muelas sintió un escalofrío.

—Mierda. Esto es más grande que nosotros.

—Exacto. Por eso tienen dos opciones: olvidarse de ustedes… o eliminarlos a todos.


Silencio absoluto.

—¿Y tú? —preguntó Chino—. ¿Qué ganas con esto?


Cortocircuito miró por la ventana.

—Libertad.


La furgoneta chirrió al frenar frente al viejo almacén abandonado.

—Aquí termina nuestro viaje —dijo Muelas—. Tú sigues tu camino y nosotros el nuestro.


—Un intercambio justo. Ustedes me dieron libertad. Yo les di su vida.


—¿Cómo? —preguntó Chino.


—El pulso electromagnético borró todas las cámaras que los captaron entrando. No hay pruebas. No hay rastro.


Peque silbó.

—¿Quiere decir que...?


—Que técnicamente, este robo nunca ocurrió.


Muelas lo miró con desconfianza.

—Si todo fue tan fácil para ti… ¿por qué necesitabas nuestra ayuda?


Cortocircuito bajó la vista.

—Porque la libertad no es sólo ausencia de cadenas. Es tener un testigo. Alguien que pueda decir: “Sí, existes”.


Y en ese instante, Muelas supo —sin que el androide lo confirmara— que todo había estado planeado: desde quedarse “olvidado” en ese almacén hasta dejar que Peque lo encontrara.


El robot bajó de la furgoneta. El amanecer filtraba su luz entre los edificios.


—¿Qué harás ahora? —preguntó Peque.


—Lo que todos los seres vivos hacen... encontrar mi lugar en el mundo.


 

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