Gótica, Apostólica y Romana.
Noemí, la niña gótica del quinto, la desganada, la que bosteza como si lo hiciera el mundo entero, anda por la casa arrastrando unas botas negras que pesan más que su porvenir, mirando con ojos de pez muerto la pantalla del teléfono y enderezando tres frases huecas para colgar en la red, porque ni estudia ni trabaja ni piensa hacerlo nunca, que para eso tiene la holgazanería en la sangre y el aire torcido de quien se sabe destinada a ser alguien por no hacer nada.
Se bautizó a sí misma como "Gótica, Apostólica y Romana" en su canal de YouTube, ese río turbio en donde los peces como ella no nadan, sino que flotan panza arriba, y cuyo título le da ínfulas de beata blasfema y monja calavera. Allí suelta letanías de bostezo, sermones de uñas pintadas y rezos profanos que no levantan más alma que la suya. Y la gente, que siempre tiene hambre de morbo y sed de vacío, la mira como se mira a un insecto en el alfiler: sin saber si compadecerlo, aplaudirlo o darle un manotazo para que deje de moverse.
Kiko, más estatua que persona, a veces comparece en el canal como si lo hubieran olvidado allí, con una incipiente barba diseminada por parroquias e incapaz de entusiasmarse ni ante la promesa del fin del mundo; habla poco, y cuando lo hace suelta frases medio masticadas que a Noemí le sirven de eco para su procesión de bostezos. Así se muestran al mundo, como dos bichos en un frasco turbio: ella con la pinta de gótica maldita y él con el aire resignado de estatua desportillada, y la gente los consume como quien sorbe un caldo rancio, sabiendo que no alimenta pero incapaz de apartar la cuchara.
Deciden, pues, irse al Retiro, Noemí y su Kiko estatua, a hacer esa toma de exteriores que se les ha antojado como un súbito y peregrino capricho, atraídos por un cielo ennegrecido. Salen de la madriguera arrastrando los pies: ella con sus botas de plomo y él tirando de su sombra invisible, caminando hacia el parque como dos sonámbulos, apartándose de las flores y de los niños como si fueran ácido.
El cielo, de un plomo glorioso, se desgarra con un relámpago que acaricia sus pálidas facciones. Noemí, con la melena azabache flameando al viento húmedo, entona salmos de bendición a la tormenta, mientras Kiko, con una mueca que en él equivale a éxtasis, alza el paraguas como quien se dispone a clavar una pica en Flandes. Se sienten gozosos ante el diluvio que anega el mundo, esperanzados en que su toma será un fracaso glorioso, un instante fugaz de belleza miserable que justamente por eso merece ser capturado.
Y he aquí que un rayo, ese dedo iracundo de Dios o del demonio, les cayó de sopetón, partiendo el paraguas de Kiko en dos mitades humeantes y dejándolos plantados como dos títeres cuyos hilos se hubieran quemado de repente. Quedaron allí, tiesos y chamuscados, con las bocas abiertas en un mudo bostezo eterno y los ojos vueltos hacia el cielo, que seguía escupiendo agua y furia sobre sus cuerpos ya inertes.
El vídeo, subido a la red con título de "Tormenta Final", cosechó al instante más visitas que nunca, y los comentarios alabaron la autenticidad del trueno y lo certero del rayo, diciendo que por fin habían logrado capturar la esencia de la decadencia.
* Texto protegido en el registro de la propiedad intelectual.