Clara, distinta Clara...
Hasta el diagnóstico, Clara había sido la perfecta arquitecta de su destino. Su vida parecía diseñada para no venirse abajo jamás: metas a corto plazo, lecciones aprendidas y una narrativa impecable donde todo ocurría por algo. Incluso las desgracias tenían su utilidad pedagógica, como si el universo administrara el dolor con criterios bienintencionados.
Entonces apareció la enfermedad, puntual y sin prólogo, y empujó el primer refuerzo. Luego otro. Y otro más. Clara observó cómo su edificio vital se venía abajo como un castillo de naipes. Intentó salvar algo: el significado del sufrimiento, la dignidad del aprendizaje, el famoso “todo pasa por una razón”. Nada resistió. El sentido se evaporó como la niebla que se rinde al amanecer.
Se quedó de pie entre los restos, sin plano ni consuelo, con la incómoda certeza de que nadie iba a reconstruir aquello por ella. Tocaba los pedazos: aquí un fragmento de aquella ambición que la hizo trabajar hasta el amanecer; allá, un cristal opaco de la promesa de que la resiliencia siempre traía recompensa. Todo estaba roto, y lo que antes brillaba con la lógica de un relato, ahora solo era basura inútil.
Los días siguieron pasando sin pedir permiso. Llegaron torpes, sin argumento, y Clara aprendió a recibirlos así, desnudos de sentido. A veces dolían; otras, simplemente ocupaban espacio. Ya no buscaba señales ni mensajes cifrados. Miraba el cielo sin preguntas, sin diálogo, como a una superficie muda.
Al principio le incomodó esa vida sin relato. Le parecía pobre, casi indecente, vivir sin convertir la experiencia en enseñanza. Pero con el tiempo descubrió que el silencio no exigía explicaciones y que el cuerpo, ajeno a cualquier filosofía, seguía pidiendo agua, descanso, una silla junto a la ventana.
Una tarde, sin aviso ni moraleja, Clara descubrió algo que no encajaba con su derrota: por primera vez, esa ausencia de significado no la empobreció. La alivió. Si nada ocurría por algo, entonces ella tampoco tenía que estar a la altura de nada. No debía aprender, ni crecer, ni justificar el golpe.
Esa liberación fue el primer cimiento nuevo. No era de granito ni de mármol, no tenía inscripciones motivadoras. Era solo una losa simple y terrosa, colocada directamente sobre el suelo desnudo. Cada mañana se apoyaba en ella y permanecía ahí un momento. A veces bastaba. Otras no. Pero ese estar —desnudo, imperfecto, sin expectativas— se impuso.
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