El roballaves

 De crío le llamaban el roballaves, y no era un mote: era una escabrosa profecía escrita en tiza sobre el destino de los demás. Un mocoso con cara de estampita y alma de carterista, que hurgaba en bolsillos ajenos como quien reza y siempre con esa sonrisa de comunión. Nunca manchado, nunca pillado: la mierda siempre caía en otro zapato.

En la escuela aprendió pronto que la verdad servía para limpiarse el trasero y que una buena excusa compraba el mundo. Rompía, mentía, y luego daba una charla compadeciéndose de la fragilidad de las cosas. Con diez años ya sabía vender humo y cobrar en aplausos. Pedía perdón como quien respira: sin vergüenza, y con la naturalidad de un niño que sabe que el mundo siempre perdona a los traviesos más listos.

En casa afinó la estrategia. Cuando la cagaba, convertía la culpa en discurso; cuando mentía, la barnizaba de vaselina verbal. Sus padres tragaban saliva y argumentos como hostias consagradas. No criaron un hijo: entrenaron a un sinvergüenza de futura corbata y guante blanco.

La adolescencia le trajo granos, cinismo y un verbo afilado. Robó palabras, robó turnos, robó la razón. Defendía hoy lo que mañana enterraría sin flores. Los principios le daban alergia; la sonrisa, inmunidad. Tenía madera de abogado y alma de jugador: sabía dónde meter la cuña y a quién follarse sin tocarlo.

De adulto dejó las llaves y se quedó con las cerraduras humanas. Abría puertas con discursos de alcantarilla perfumada y cerraba conciencias a golpe de tecnicismo. Nunca creyó en nada, salvo en su reflejo. Y así, entre inmundicia y metáfora, se vendió como lo que era: un político perfecto, limpio por fuera, podrido por dentro, brillando como basura envuelta en purpurina.


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