Flores para Odiseo

 Morí sin darme cuenta. Primero fue el silencio; luego, un túnel largo y húmedo, respirando como un animal. La luz al fondo palpitaba, blanca y solemne. Pensé en juicios, en balances finales, en rostros severos preguntándome qué había hecho con mi vida. Cada paso pesaba como una confesión. El aire olía a óxido, o eso creí. Sentía que algo inmenso estaba a punto de revelarse.

Al acercarme, la luz se volvió más doméstica. Escuché un sonido extraño: un silbido agudo, casi infantil, que rebotaba por las paredes del túnel. El misterio se tensó. El final estaba cerca. Crucé el umbral con la solemnidad de quien espera comprenderlo todo de golpe.

Y allí estaba.

Un hombre con boina, delantal sucio y una bicicleta apoyada en la nada deslizaba por sus labios una flauta de pan.

—¡Ha llegado el “alfildor”! ¡Afilo cuchillos, navajas, tijeras! —gritaba como un alma en pena.

Quise preguntarle por Dios, por el sentido, por la eternidad… Pero qué coño iba a saber ese desgraciado de cuestiones tan sagradas.

El afilador dejó de tocar de golpe y el túnel, empezó a encogerse como un intestino nervioso. Sacó de su delantal una libreta grasienta y me pidió el nombre con un tono tosco y burocrático, como si aquello fuese una gestoría del más allá.

Le dije uno corto, para no gastar eternidad, y lo escribió mal a propósito, chasqueando la lengua con displicencia.

Luego arrancó una hoja de la libreta, la selló con un tampón invisible y me la entregó como si fuese una puñetera multa. A continuación me explicó que tenía dos horas gratuitas antes de la reencarnación o de la nada.

Totalmente decepcionado, le confesé que me importaba un pimiento la nada o la reencarnación y el afilador, sin mirarme, dijo que entonces me quedaría allí haciendo tiempo para otros; me colgó la flauta al cuello, me caló la boina hasta las cejas y me explicó en dos frases el repertorio —soplar sin sentimiento y ordenar sin fe—, y antes de que pudiera protestar ya estaba emitiendo un silbido torcido mientras el túnel se llenaba de recién muertos confundidos. El primero llegó con los ojos como platos, buscando ángeles o llamas. Soplé la flauta con desgana, grité el pregón y saqué la libreta grasienta. Al ver su expresión de confusión absoluta, un destello de luz iluminó mi conciencia: fue entonces cuando lo supe; no hay mensaje oculto ni finalidad última, el único sentido de la vida —y de la muerte— es el absurdo, y todo lo demás es puro relleno.

 

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