Jenner

 Edimburgo, invierno de 1974


La nieve caía lenta, pesada, sobre Calton Hill, pegándose en diminutas costras húmedas a los abrigos de Ian y Teddy.  Jadeantes,  arrastraban cuesta arriba sus trineos, improvisados con dos puertas de armario rescatadas de un trastero . Cada descenso era un estallido de risas agudas, ahogadas enseguida por el silbido del viento entre las columnas desnudas del National Monument.


—¡Esta vez te he dejado clavado! —gritó Teddy, frenando torpemente contra un banco anclado al fondo de la pendiente.


—¡Te has empujado con las manos! —bufó Ian, sacudiendo la nieve de sus pantalones remendados, demasiado finos para un diciembre así.


Pero la protesta se disipó con la ráfaga gélida que les golpeó en la cara. El sol se hundía tras la silueta del castillo, tiñendo el cielo de un morado casi negro, ese color que anunciaba el cierre de las tiendas y el regreso a casas frías, cuyas chimeneas ya no ardía como antes.


—Vamos a Jenners —dijo Ian, frotándose las manos—. Yo todavía no he visto el árbol.


Bajaron la colina y atravesaron Princes Street esquivando charcos helados. Las puertas doradas de los grandes almacenes exhalaban un calor espeso, mezclado con perfumes y música navideña que ya sonaba cansada. Se quedaron pegados al escaparate, empañando el cristal con su aliento, como si dentro hubiera un mundo al que nunca entrarían del todo.


—Mi padre dice que nos vamos a Aberdeen después de Navidades—murmuró Ian, mirando el suelo.


Teddy dejó de dibujar una estrella en el vaho.


—¿Aberdeen?

—Plataformas. Una petrolera del Mar del Norte. Dice que pagan el doble.


Teddy sintió que algo se le hundía en el pecho. Sabía lo que eso quería decir: no más carreras por Calton Hill o Arthur's Seat, ni partidos embarrados en Meadows, ni manzanas robadas del huerto del viejo Ferguson. Ian se convertiría en una postal con una torre metálica sobre un mar gris.


—Pues… te escribiré —dijo, empujándole con el codo—. Y cuando vuelvas, te ganaré otra vez bajando la colina.


Ian sonrió, pero no era su sonrisa de siempre. 


Como dos diablillos y sin pensarlo dos veces, se metieron de lleno en el centro comercial dejando que el aire caliente los envolviera, cargado de un perfume a canela, a abrigos húmedos y un leve aroma metálico a vieja calefacción victoriana. El murmullo de voces y el repicar de una música de campanas flotaban bajo una cúpula alargada altísima, donde un árbol de Navidad, más grande que cualquier casa que hubieran visto, se alzaba vestido de luces blancas y guirnaldas doradas.


Los dos se quedaron inmóviles, con la cabeza echada hacia atrás, como si el árbol pudiera volcarse sobre ellos en cualquier momento. Cada esfera reflejaba a la gente como diminutas figuras atrapadas en un mundo brillante. Ian señaló un tren eléctrico que daba vueltas en la base, silbando suavemente.


—Vamos a ver a Papá Noel —susurró Teddy, como si fuera un plan secreto.


Siguieron las flechas rojas hasta una gruta falsa, tapizada de nieve de algodón y renos de cartón. Un Papá Noel, con barba espesa y un saco repleto a sus pies, les saludó con una voz grave y paciente. Ellos no llevaban carta ni padres que les acompañasen, así que Teddy, se inclinó y le susurró algo al oído. El hombre asintió con una sonrisa lenta, posando su mirada fijamente sobre Ian. Introdujo su mano en un saquito rojo y le dió a cada uno, una chocolatina envuelta en papel plateado.


Al salir de nuevo a la calle, la noche se había tragado el cielo por completo y las luces de Princes Street titilaban como si temblaran de frío. Ian rompió el silencio:


—No me lo vas a decir, ¿verdad?


Teddy negó con la cabeza, metiendo las manos en los bolsillos.


Ian lo miró de reojo, y supo. No por las palabras, sino por el brillo húmedo en sus ojos y la forma en que apretaba los labios, como quien guarda algo frágil.


Sonrió y dijo, casi para sí:


—Entonces, seguro que lo cumplirá. 




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