La niebla

 A los setenta y cinco, Santiago había inscrito en su alma un último deseo de dignidad: «No quiero existir si dejo de ser yo». Lo concebía como un acto de salvaguarda, un remanso de coherencia ante el inexorable olvido. La demencia, esa ladrona silenciosa que se desliza por los rincones del pensamiento, se le aparecía como el destino más cruel: sobrevivir convertido en un eco de uno mismo.

El primer presagio se presentó en forma de un nombre que no lograba recordar, desapareciendo de su mente como humo que se escapa entre los dedos. Luego, las llaves —sus centinelas de la vida cotidiana— reposaron, traidoras, en el interior de la fría superficie del refrigerador. Cada olvido era un golpe a su orgullo, un recordatorio de que la niebla ya había entrado en su mente. Santiago luchaba con fervor: crucigramas que se convertían en pequeños laberintos, libros que se abrían como ventanas a otros mundos, idiomas que se enredaban entre sus pensamientos. Pero la bruma del olvido avanzaba, implacable.

Una tarde, ante el espejo, la revelación: no reconoció al hombre que le devolvía la mirada. Un instante de desconcierto lo invadió, y con él, un pánico breve pero intenso. Sin embargo, tras esa tormenta interior, llegó un silencio extraño, una calma inesperada que parecía susurrarle que el juicio ya no tenía poder sobre él. Esa noche, mientras su esposa dormía, Santiago rompió su testamento vital, el papel que había querido erigir como última muralla de su lucidez.

El proceso fue un lento abandono, pero también un descubrimiento. Mientras «Santiago» —el profesor meticuloso, el amigo irónico, el hombre de férrea voluntad— se desvanecía, algo surgía entre los pliegues de la memoria: una serenidad inesperada. La ansiedad por el futuro, el peso de los recuerdos, la necesidad de control… todo se disolvía como azucarillos en el té.

No recordaba su deseo de ser poeta, pero el ritmo de unos versos antiguos vibraba en su pecho y lo hacía sonreír. No reconocía a su nieta, mas su risa se mezclaba con la del viento y los pájaros en el jardín, en un instante de alegría pura, despojada de memoria y sentido. El sabor de una galleta, el calor del sol en su rostro, melodías de otros tiempos… en esos destellos hallaba una paz profunda, libre del peso de la conciencia.

Su familia sufría al verlo alejarse, como si ya no estuviera con ellos. Pero una tarde, Ana lo halló sentado en el sillón, envuelto en una quietud serena. Sus ojos, sin reconocer todo el pasado compartido, brillaban con una curiosidad dulce y sencilla. Tomó su mano y, sin pensar, la llevó a su mejilla. Un gesto de ternura pura, inocente y humano. Ana lloró, no solo por la pérdida, sino porque en aquel acto sin memoria, despojado de orgullo y miedo, él parecía más en paz que nunca.

Santiago murió un martes de primavera, ignorante de su nombre, de ella, de su propia voluntad de morir siendo él mismo. Dormía con una expresión suave y tranquila, mientras un aroma de jazmín entraba por la ventana y acariciaba su frente. Su mano permanecía cálida en la de Ana, un último lazo de humanidad en medio de la transición.


Al final, el hombre que tanto temió perderse a sí mismo se liberó, sin saberlo, del peso de su propia identidad. Y en esa despedida silenciosa, encontró la gracia que había buscado con tanta lucidez: la de partir sin tener que saber que se iba, en una paz serena y definitiva.





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