Luciano Carmona

     Luciano Carmona abre los ojos y, sin necesidad de comprobarlo, sabe que el día se ha organizado en torno a su despertar. Una luz sesgada, demasiado devota, se filtra por la persiana para caer a sus pies como una ofrenda, y así, por pura generosidad, desfila hasta el espejo como quien concede al mundo la gracia de su presencia.

Allí, en el silencioso marco de plata, no se ve reflejado: se contempla. Es un acto de reconocimiento, casi de veneración. Frunce el ceño, y el reflejo le devuelve la severidad de un emperador. Esboza una sonrisa, y se convierte en la condescendencia de un dios menor.

Sus manos, pálidas y de dedos largos, con un gesto estético, frío y definitivo, se alzan para ajustar el cuello de su camisa impecable. El traje que elige es de un gris tan oscuro que parece absorber la luz de la habitación, concentrándola toda en la innegable elegancia de su figura.

Con la puerta cerrándose a sus espaldas, Luciano Carmona hace una pausa infinitesimal en el rellano. No es vacilación, sino el instante solemne en el que un soberano traspasa los límites de su reino privado para adentrarse en los dominios de lo común. Inhala el aire viciado del vestíbulo como si aspirara el incienso de un templo.

La calle se despliega ante él como una cartografía de oportunidades. Su mirada, de una claridad glacial, no se posa en los transeúntes anónimos; los disecciona. Son piezas móviles en el tablero de su aburrimiento, meros portadores de potencial para su arte particular. Su andar, una sucesión de pasos medidos y silenciosos sobre la acera, es el avance de un felino en una sabana de asfalto y hormigón.

Le gusta filtrar el bullicio caótico de la ciudad. Su oído, afinado para la más sutil de las disonancias, busca un suspiro cargado de preocupación, la voz quebrada por la inseguridad, la risa demasiado frágil. Son las notas preliminares de su sinfonía particular, los indicios de una presa vulnerable.

Percibe la mirada furtiva de una joven que consulta su teléfono con el ceño fruncido, los dedos temblorosos tecleando una excusa. Demasiado evidente, dicta su interior con desdén. La angustia barata carece de elegancia.

El cristal de la cafetería hace las veces de un acuario urbano. Luciano Carmona lo atraviesa y el ambiente, antes sumido en un murmullo confortable, se reconfigura. Su entrada no pasa desapercibida; es una piedra cayendo en un estanque, y las ondas son miradas furtivas, susurros que se apagan, posturas que se ajustan.

Luciano la contempla con una satisfacción apenas contenida, como quien encuentra en una vitrina la pieza exacta que completaba su colección. Valeria al verlo lo saluda. La tensión en los hombros, la sonrisa demorada que no logra enraizar, la mirada que tantea el suelo antes de sostener la suya. Todo en ella es una grieta que pide ser explorada.

Él se inclina apenas hacia adelante, como si su interés naciera de la cortesía, pero en sus ojos brilla un destello más hondo, el de quien ha encontrado un terreno propicio donde desplegar un juego que solo él conoce.

—Es curioso —dice con voz serena, mientras se quita la chaqueta y la acomoda en el respaldo de la silla—. Uno nunca imagina cuánto puede decirnos la primera impresión hasta que llega el momento.

Valeria ladea la cabeza, sin decidir si debe tomárselo como un elogio o una advertencia. Sus labios se abren un instante, pero la respuesta se demora; en su lugar, se aferra a la taza ya casi vacía, como si en ese gesto encontrara un refugio.

Luciano sonríe, satisfecho con la disonancia sutil que ha provocado, y al hacerlo, el ambiente alrededor parece inclinarse hacia su eje. El murmullo de la cafetería continúa, pero para él se ha reducido a un acompañamiento discreto, el telón de fondo perfecto para lo que está a punto de desplegar .

La conversación fluye con una aparente facilidad que sorprende a Valeria, o al menos eso deja ver. Luciano posee ese don: enhebrar palabras con la precisión de un bisturí, insertarlas justo donde parecen necesarias, disfrazando el filo bajo el manto de la empatía. Habla de miedos universales, de anhelos ocultos, de la necesidad de ser visto. Y con cada frase, Valeria se encoge apenas sobre sí misma, como si cada verdad dicha le arrancara un suspiro contenido.

—A veces —murmura ella, bajando los ojos hacia la taza vacía, los dedos jugando con el borde de la porcelana—, todo parece tan ruidoso por fuera y tan vacío por dentro. Se siente uno… invisible.

Luciano asiente, impecable en su gesto de comprensión, como una máscara esculpida en hielo. Ahí está la grieta que esperaba.

—La invisibilidad es un don para quienes saben usarla. Pero para otros… es una condena. Un error de percepción que se puede corregir. —Su voz se suspende un segundo, exacto, calculado.— Tengo un estudio cerca. Es un lugar… silencioso. Donde el ruido de fuera no llega. Podríamos continuar allí, con un café que no tenga el sabor amargo de la prisa.

Valeria levanta la mirada solo un instante, con los ojos brillantes de quien parece debatirse entre la desconfianza y el anhelo. Luego asiente despacio, un gesto frágil, como si buscara apoyo en esa promesa de silencio.

Luciano se complace en su propia estrategia, convencido de haber tendido el anzuelo correcto. Frente a él, Valeria parece toda vulnerabilidad, como un cristal demasiado fino para no quebrarse al menor contacto.

El aire de la cafetería se parte en dos cuando Luciano se levanta. Su movimiento es tan fluido y predecible como el avance de la marea, y Valeria, casi por inercia, se deja arrastrar por él. Él sostiene la puerta para ella, un gesto de caballero antiguo que es cualquier cosa menos cortesía; es el primer barrote de una jaula que se cierra silenciosamente. Al cruzar el umbral, la luz cruda de la tarde los baña, y Luciano hace una pausa casi imperceptible, no para orientarse, sino para saborear el contraste: del cálido acuario de víctimas potenciales al frío océano de la ciudad donde ya ha enganchado a la suya.

Camina junto a ella. Va ligeramente delante, marcando el ritmo, trazando la ruta. Sus pasos no invitan a la compañía, sino que la dictan. Valeria, sumisa, sigue el compás, sus zapatos produciendo un eco apagado y nervioso contra la firmeza silenciosa de sus botines .

El estudio de Luciano Carmona se esconde en un pasaje estrecho. La puerta, de madera oscura y sin nombre, cede con un chasquido. Al traspasarla, la atmósfera cambia de inmediato; el aire se vuelve quieto, denso, y huele a cera y a metal pulido. Está elegantemente amueblado.

Luciano cierra la puerta. El mundo exterior se extingue. Ahí, en ese silencio comprado, es un dios con las manos vacías, ansioso por llenarlas con la fragilidad de su invitada.

—Bienvenida al único lugar donde el ruido del mundo se desvanece —murmura, y su voz es una caricia de terciopelo sobre una hoja de afeitar.

Valeria se detiene en el centro de la habitación, bajo la tenue luz de una lámpara de pie. No se encoge. No juega con sus dedos. Simplemente se yergue, y la frágil curvatura de sus hombros se endereza en un eje de hierro. La máscara de vulnerabilidad se desprende de su rostro como una cáscara de yeso, revelando una geometría tan dura y fría como la del propio Luciano.

Él, de espaldas a ella, alisa la chaqueta de su traje impecable, ya sumergido en el prólogo de su ritual. Se gira con la elegancia de un felino que conoce cada centímetro de su territorio. Pero se paraliza.

La mujer que lo mira desde el centro de la habitación ya no es Valeria. O lo es, pero de una manera tan esencial y terrible que le hiela la sangre en las venas. Sus ojos, antes brillantes de ansiedad indecisa, son ahora dos pozos de oscuridad calmada, dos abismos que no piden permiso, sino que exigen rendición. Una sonrisa lenta, un gesto de pura posesión, curva sus labios.

Luciano frunce el ceño, una grieta minúscula en su máscara de dominio. Su mano, pálida y estética, se alza en un gesto que pretende ser de autoridad. Pero el movimiento de ella es un relámpago de eficacia mortífera. De la profundidad de su bolso, surge no un arma de fuego, sino un taser que emite un zumbido bajo y siniestro, tan efectivo como un enjambre de anguilas.

El contacto es seco, brutal. Una descarga azul y crepitante recorre su cuerpo, un dolor que no es dolor sino el vaciado instantáneo de toda voluntad. Sus músculos, tan cuidadosamente entrenados para la elegancia, se convierten en traidores. Cae de rodillas, un dios derribado, y luego sobre su costado, convulsionándose en el suelo de madera pulida, ahogando un grito que no logra escapar de su garganta paralizada.

Valeria observa, con la calma de una escultora evaluando el mármol. No hay prisa, solo meticulosidad. Cuando los espasmos cesan, lo arrastra hacia una silla de metal de respalto recto. Saca unas abrazaderas de plástico blanco, terriblemente efectivas. Sujeta sus tobillos a las patas de la silla, sus muñecas a los apoyabrazos. Cada clic del plástico al tensarse es una puntada que cose su destino.

Luciano parpadea, la conciencia regresando a un cuerpo que ya no le obedece. El pánico, un animal primitivo que nunca antes había sentido, le escarba las entrañas. La ve acercarse con un objeto que brilla con una luz tenue: un escalpelo de acero quirúrgico.

—Eres un manantial de esencia pura, Luciano. La tuya… particularmente intensa.—Le dice Valeria, midiendo cada sílaba como un gesto ritual.

La hoja fría se posa en su cuello, justo bajo la línea de la mandíbula. Busca, con una precisión aterradora, la vena yugular. No hay saña en el movimiento, solo una certeza profesional, el mismo gesto estético y frío que él usaba para ajustar su cuello de camisa. Hay un pinchazo, agudo y profundo, y luego una sensación de calor que inunda su piel.

Valeria sostiene un pequeño cuenco de cerámica esmaltada, de un negro absoluto, bajo el surco que ha abierto. Luego, lleva el cuenco a sus labios. Sus ojos, fijos en los de él, brillan con una luz interior voraz. Bebe. No es un trago rápido, sino un sorbo largo, pausado, ritualístico. Un estremecimiento de puro éxtasis recorre su cuerpo. Cierra los ojos, saboreando.


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