Mañana lo intentará de nuevo.
La noche anterior, al acostarse, se formula una intención solemne y perfectamente inútil: vivir el día siguiente entregado al hedonismo más puro, exprimir cada gesto, no dejar pasar ni una migaja de dicha sin registrarla. Se promete atención, intensidad y deleite continuo, como si el goce fuera una tarea doméstica más, algo así como “vaciar el lavavajillas, pero con éxtasis”. Apaga la luz convencido de que, esta vez sí, sabrá hacerlo.
Despierta porque el cuerpo se le derrama fuera del sueño. Decide entregarse al placer y, en ese mismo gesto, el placer se esconde debajo de la cama, junto al calcetín perdido y las buenas intenciones del año pasado. Camina hacia la cocina como quien va a un altar equivocado: el café lo observa con cara de “otra vez tú”, la tostada finge ser importante, la fruta presume de frescura, pero sabe que solo está ahí para hacerse la interesante.
Sale a la calle convencido de que la voluptuosidad habita en el movimiento, pero los adoquines murmuran su apatía bajo sus pies. El sol calienta sin entusiasmo; el aire entra y sale por rutina, sin compromiso emocional alguno. Trabaja lo justo para no sentirse culpable, se concede pausas en las que no descansan, estímulos que llegan tarde.
Come con ceremonia absurda, bendiciendo cada bocado como si fuera el último, y al terminar siente que aún falta algo sin nombre —quizá sentido común—. Busca gratificación en libros que bostezan, sonidos que suenan a lata; todo responde con educación, nada con entrega. Ríe porque así se hace, como quien firma un recibo.
Al acostarse, exhausto, comprende que eso del hedonismo era un plan mal redactado: quería embriagarse de instantes, pero pasó el día persiguiéndose a sí mismo, como un perro que se muerde la cola y, además, se aburre. Mañana lo intentará de nuevo. O quizá no.
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