Misión divina
Alfonso, setenta tacos y la cabeza más dura que el pan de la guerra, despertó a mitad de la tarde con una misión divina: encontrar las gafas que había estado buscando denodadamente antes de la siesta. Con una determinación que ya quisieran los cruzados, se levantó del sofá, dispuesto a registrar hasta el último rincón de la casa.
Empezó por los lugares lógicos —la mesilla, el baño, la cocina— y terminó en los ilógicos: el congelador, el cesto de la ropa sucia. Murmuraba insultos a su yo del pasado mientras avanzaba. Tras veinte minutos de registro policial, se rindió y volvió a sentarse en el sofá… y entonces las notó clavándosele en la nariz, fieles y discretas, cumpliendo su función mientras él maldecía al mundo medio a ciegas.
Alfonso soltó un bufido que hizo temblar las migajas secas del cojín. Se quitó las gafas con dos dedos, como si sujetara un insecto traicionero, las miró durante unos segundos eternos y les habló en voz baja, con rencor de veterano:
—Hijas de la gran puta…
Con gesto resignado, las dejó caer sobre la mesilla. Permaneció un instante en silencio, rumiando la traición, hasta que se levantó otra vez con un suspiro agrio, decidido a prepararse un café. Avanzó hasta la cocina, se detuvo, palpó el aire y masculló, derrotado:
—Ahora… ¿dónde coño he dejado las gafas?
Miró hacia atrás, al sofá, como quien mira al enemigo que acaba de ganarle la guerra sin disparar un tiro.
—Venga ya, joder… —susurró.
Dio media vuelta, arrastrando las zapatillas, pesadas, y regresó al salón. Se paró frente al aparador, Vacío. Miró el sofá. Vacío. Miró el suelo. Nada. Entonces alzó la vista hacia el techo, desafiándolo, por si las gafas hubieran decidido emigrar al quinto piso.
Permaneció así un rato, cabeza en alto, esperando una revelación o, con suerte, la caída libre del objeto perdido. Nada. Solo el rumor del frigorífico y el tic-tac aburrido del reloj.
Entonces sonó el móvil, vibrando con insistencia. Alfonso se palpó el pantalón de un lado y del otro, sin éxito. Giró sobre sí mismo, torpe, mientras la melodía seguía sonando, burlona.
—¿Y ahora quién…? —bufó, rebuscando también por los pliegues del sofá, hasta dar con el trasto bajo los cojines.
Abrió la funda sin mirar la pantalla, resoplando:
—Sí, diga…
Silencio. Luego, la voz de una chiquilla emergió, hablándole de tarifas, ventajas y renovaciones. Alfonso cerró los ojos y respiró hondo.
Colgó con esa dignidad cansada de quien sabe que la vida, a veces, también te vacila. Dejó el móvil sobre la mesilla con un golpe seco, casi desafiante.
—Ahí te quedas, cabrón.
Y entonces las vio.
Allí estaban.
Las gafas. Exactamente donde las había dejado hacía un rato. Sobre la mesilla. Justo al lado del móvil que acababa de soltar. Perfectamente visibles, impasibles.
Alfonso se quedó mirándolas un segundo, con la misma cara de quien acaba de perder una partida de ajedrez contra un niño de cinco años.
Se quedó paralizado. Parpadeó dos veces, muy despacio, necesitando confirmar que no era una alucinación de sus ojos, su cerebro y su dignidad.
—Coño… —susurró, casi con reverencia.
Alfonso se las puso despacio.
El mundo volvió a encajar.
Caminó hacia la cocina… y, a medio camino, se detuvo.
—Mierda —dijo—. ¿A qué iba yo?
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