Rosita

 Los domingos, Don Estanislao de la Riva y Ulloa se levanta a las 8 con la garganta reseca, rascándose el escroto y con el hígado protestando como una caldera vieja. La habitación huele a sábanas limpias sin entusiasmo, a ceniza fría y a ese leve perfume de mujer florero que un día dijo basta y se largó de aquella casa para siempre. Se prepara el café con manos firmes y tostada de pan correoso, y que Dios reparta suerte.

Mientras desayuna, masculla sobre el estado de la nación arrugando el morro como quien huele a desagüe. El café le araña el estómago, pero no se queja porque está hecho de aquella otra pasta, germinada de la sufrida simiente de la quinta del 63. Se afeita con navaja y piensa, con media sonrisa torcida, que al menos aún tiene el pulso firme y la decencia no se le ha ido por el retrete como al resto del país.

Los días de domingo viste con traje de franela, anda con paso firme y cara de “yo no voté esta mierda”. Va a misa por decoro, como quien va a una función de títeres sin reírse ni aplaudir. El incienso le recuerda al lupanar de Marsella donde perdió el miedo y la vergüenza, en ese orden.

Luego, en la terraza del casino, se pide un vermut con dos cojones, sin rodaja de naranja ni zarandajas, y lee el ABC, mientras observa por uno de los ventanales a los modernos pasar: barbas de chivo, menorquinas de turista, tatuajes con faltas de ortografía. Piensa que la civilización se fue por el váter y alguien tiró de la cadena dejando sobre la taza los restos.

A las dos vuelve a casa, devora el cocido como un obispo en pecado, y se echa la siesta soñando que vive en una España seria, sucia, trágica y tan hermosa como el engendro de aquella revolución cara al sol y mal barrida.

En el duermevela, Don Estanislao ve a su Rosita cruzar los campos de Castilla envuelta en polvo y dignidad, arando con tacones, rezando con los dientes apretados, y pariendo como una reina entre los trigales. Y él, inmóvil, asiente entre sueños, llamándola desde lo alto de una colina, con la voz quebrada... Suplicándole que vuelva a casa.

Cuando despierta, ya cae la tarde. Se sirve una copa de coñac sin mirar la hora ni el azúcar en sangre. Afuera, los niños chillan en inglés, los perros ladran sin coraje, y alguien pone reguetón a volumen de herejía. Don Estanislao enciende la radio buscando un pasodoble o un parte meteorológico, algo que le confirme que el mundo aún tiene costuras.

Pero solo hay ruido. Y él, como todos los domingos, aguanta. Porque aunque la patria le duela, sigue siendo suya.


 

Comentarios

Entradas populares de este blog

¿Entras o te quedas?

Paco el jardinero

Cortocircuito