Tras la tormenta

  

La lluvia empezó como un murmullo lejano, pero en menos de un minuto el cielo se convirtió en una masa negra y densa, como si alguien hubiera cerrado una tapa sobre la ciudad. A través de la luna del coche apenas se podía distinguir nada, y los limpiaparabrisas chirriaban como cuchillas viejas.

Eduardo conducía con los hombros tensos, sintiendo que la carretera había desaparecido bajo un velo de agua. Las farolas parecían faros hundidos en un océano gris.

Al girar la última esquina hacia su calle, notó que la tormenta se volvía aún más opaca, como si la luz se disolviera en el aire. Los árboles parecían inclinarse hacia el coche, y el ruido del motor se mezclaba con un retumbar profundo, similar al murssmullo lejano de la bocina de un barco.

Al llegar a casa, el sonido cesó de golpe. Ni lluvia, ni viento. Solo un silencio espeso.

Abrió la puerta y se encontró con Lidia, su mujer, dedicándole una sonrisa. Por un instante no entendió el escalofrío que le recorrió la espalda… hasta que se dio cuenta: sus dientes eran perfectamente blancos, de un esmalte impecable. Ni rastro de los tonos grisáceos que le habían quedado en forma de daños colaterales por aquella agresiva medicación infantil.

—¿Estás bien? —preguntó ella.

Los niños entraron corriendo. No gritaban ni se empujaban como siempre. Caminaban juntos, sincronizados, sonriendo demasiado.

Eduardo miró hacia el salón. El cuadro que siempre mostraba un mar embravecido ahora era un campo dorado jalonado de encarnadas amapolas.

Algo se rozó contra su pierna. Miró hacia abajo. No era Rocky, su alocado fox terrier. Era un gato, negro y silencioso, que lo observaba con ojos amarillos.

Eduardo sintió que el corazón le golpeaba en la garganta. La sangre le zumbaba en los oídos como si aún estuviera bajo la tormenta. Se llevó una mano al pecho y buscó a tientas el respaldo del sofá, dejándose caer sin fuerzas.

—Lidia… —balbuceó—, creo que necesito… un momento.

La mujer ladeó la cabeza, con aquella sonrisa que no se borraba.—¿Lidia? —rió ella suavemente, como si escuchara un chiste privado—. ¿Te encuentras bien, Ricardo?

Eduardo sintió un frío repentino en las manos.—Ricardo… —murmuró, pero ese nombre se deshizo en el aire como el  humo.

Los dos niños se acercaron, y él trató de aferrarse a lo que conocía.—Martina… y… Lucas… —dijo, mirándolos, buscando algo en sus rostros.

Ambos se detuvieron a un metro de él, perfectamente quietos, como si hubieran ensayado el gesto.—No —dijo la niña con voz tranquila, demasiado tranquila—. Yo soy Sophie. Él es Enzo.

El gato negro saltó sobre el reposabrazos, rozándole la cara con la cola. Sus ojos amarillos parecían más grandes, como si ocuparan todo el mundo.

Eduardo sintió que el suelo se movía bajo sus pies, aunque sabía que estaba sentado. La habitación giraba lentamente. Intentó respirar hondo, pero el aire parecía pesado, cargado de algo que no era oxígeno.

Las voces a su alrededor comenzaron a sonar lejanas, como si vinieran desde el fondo de un túnel. Vio a Lidia —o lo que fuera— inclinarse hacia él con cara de preocupación contenida. Los niños, inmóviles, lo observaban con un silencio que le heló la sangre.

Su último pensamiento fue un destello confuso: Aquí no hay aire… aquí no hay aire. La negrura lo cubrió todo.

El gato negro saltó del sofá y, con paso lento, se acomodó sobre su pecho inmóvil.

---Al cesar la lluvia,  el cielo se volvió un cristal limpio, sin nubes. El aire tenía un olor distinto, como si acabara de nacer. Ricardo parpadeó, confuso, al ver que la calle, la misma calle de siempre, estaba ahora bañada bajo una extraña luz  que le parecía sumamente cálida y embriagadora.

Giró la última esquina hacia su casa. Los árboles estaban erguidos, inmóviles, como si nunca hubieran sentido el viento. El motor del coche sonaba normal, demasiado normal, y echaba de menos el profundo retumbar que siempre lo acompañaba, como el zumbido lejano de una bocina de barco.

Al llegar, abrió la puerta. Allí creyó ver a Geli, su mujer. Pero no la Geli de sonrisa fija y dientes perfectos: esta tenía un esmalte gastado, ligeramente grisáceo. Sonreía, sí, pero con un gesto natural, casi tímido. Ricardo se quedó inmóvil, como si su propio nombre estuviera a punto de escapársele de la memoria.

—¿Estás bien? —preguntó ella, arrugando el ceño.

Unos pasos lo sumieron nuevamente en el  desconcierto. Los niños entraron a la carrera, gritando, empujándose, riendo con un desorden que a él le resultó incómodo, casi violento.—¡Papá, papá! —gritó Lucas—. He ganado otra vez a Martina.—¿Martina?— ¿Qué diablos estaba pasando?— se dijo.Miró hacia el salón. El cuadro mostraba un mar embravecido, olas blancas golpeando rocas oscuras. El campo de amapolas había desaparecido.

Desde abajo, reclamando su atención y golpeándole el muslo con sus patitas, vio un perro pequeño, de un pelaje marrón grisáceo que le ocultaba parcialmente los ojos. Sintió que la sangre le subía a la cabeza. La casa parecía más grande, saturada de un aire extraño que le quemaba la garganta.

—Eduardo… —dijo Lidia—, te estás poniendo pálido.

El perro ladró y los niños se abrazaron a su madre. Ricardo dio un paso hacia atrás, intentando ganar espacio, pero el aire en la sala era denso, ardía en su nariz. Respiró hondo por reflejo, y un dolor agudo le atravesó las sienes, como si miles de agujas le perforaran por dentro.

El corazón comenzó a golpearle con una fuerza irregular, demasiado rápida, como si quisiera escapar de su pecho. La visión se le nubló en un blanco cegador, no negro. Sentía que se ahogaba… pero no por falta de aire, sino por un exceso que le quemaba los pulmones desde dentro.

El murmullo de las voces se volvió agudo, metálico. Antes de caer de rodillas, alcanzó a ver cómo Geli —o quien fuera— lo miraba con un brillo casi humano en los ojos. Después, el blanco lo devoró todo.

"El perro dejó de ladrar, el aire se aquietó… y todo siguió exactamente como debía ser."


Comentarios

Entradas populares de este blog

¿Entras o te quedas?

Paco el jardinero

Cortocircuito