Una baldosa suelta
Todo empezó con una ayuda mínima, casi inadvertida por lo pequeña: Marcos sujetó el ascensor a un desconocido que venía corriendo con cara de llegar tarde a su propia vida. Nada de heroico y digno de recordar. El desconocido entró, se ahorró la espera, no insultó al universo y llegó puntual a una entrevista. Lo contrataron. Ese día no se fue al bar a ahogar la frustración, así que no conoció a Laura, así que Laura no tuvo una relación tóxica de tres años, así que no escribió poemas horribles , así que nadie los leyó, así que el mundo se ahorró catorce metáforas sobre el vacío.
En cambio, Marcos siguió con su vida sin saber que había tocado un hilo suelto del universo. Bajó del ascensor convencido de que nada había pasado y, por eso mismo, pisó una baldosa floja que no habría pisado de no haber estado tan relajado. Cojeó levemente durante semanas, lo justo para empezar a llegar tarde a todo. Llegar tarde se convirtió en su nueva personalidad. Esa demora sistemática lo libró de saludar a un jefe que justo ese día decidió despedir a los puntuales por “falta de alma”. Marcos sobrevivió por impuntual y empezó a sospechar que el caos tenía preferencia por él.
El caos, como un arquitecto que construye laberintos, provocó que su impuntualidad le llevara a perderse una junta clave en la que habría sido designado para un proyecto en Oslo. En su lugar, le asignaron una auditoría interminable de los archivos físicos en el sótano del edificio. Allí, entre polvo y papeles de los años sesenta, encontró, no una revelación, sino un hábito: la lentitud. Aprendió a descifrar caligrafías olvidadas, a seguir hilos burocráticos que no conducían a nada. Se volvió meticuloso, casi invisible.
Mientras sus compañeros ascendían o caían en la desgracia de su propia autoexigencia, Marcos se hundía en una paz subterránea. El caos no lo azotaba con grandes tragedias, sino que lo aislaba en una burbuja de irrelevancia. No hubo accidentes, ni golpes de suerte. Solo el lento desprendimiento de los hilos que lo unían al mundo.
Un martes cualquiera, al salir del sótano, se dio cuenta de que nadie en la oficina recordaba su nombre. Lo llamaban “el de los archivos". Su existencia se había vuelto tan discreta como el rumor del aire acondicionado. Y fue ahí, en ese anonimato perfecto, donde el caos se declaró satisfecho. Lo dejó en paz como se deja un objeto bien colocado: sin ruido. Marcos entendió entonces que no había sido castigado ni premiado, solo desplazado lo justo para no estorbar. Siguió sujetando ascensores, no por bondad ni por fe, sino por costumbre. Y el universo, al verlo tan perfectamente prescindible, se dio completamente por satisfecho.
Comentarios
Publicar un comentario