Ver sin ver
El presentador baja la voz como si estuviera en una iglesia. Gaza aparece detrás, reducida a un fondo borroso y completamente desolada. Él habla de niños, siempre de niños, como si no existieran adultos. Cada frase viene envuelta en música lenta, cada pausa pide una lágrima doméstica, cómoda, de sofá. La cámara busca el ángulo exacto del escombro más fotogénico, la madre que grita mejor, el polvo que flota con poesía.
Nada se explica, todo se siente. La guerra se convierte en una serie por capítulos donde el horror es decorado y la indignación dura lo que dura el bloque publicitario. Nadie pregunta quién gana, quién vende, quién firma, quién calla. Solo se insiste en “el drama”, palabra elástica que lo cubre todo.
Al terminar, el presentador suspira. Nosotros también. Y mañana, otro drama. Misma música. Mismo olvido.
Detrás de esa liturgia hay un método, y no es un error: repetir hasta desgastar, mostrar hasta normalizar, convertir lo insoportable en rutina. La tragedia se dosifica con cuidado, para que no estalle, para que haga callo, para que deje de doler en el momento justo. No buscamos comprensión —eso es peligroso—, buscamos habituación. Que el horror sea paisaje, que la empatía se endurezca en costra, que la conciencia aprenda a mirar sin ver. Cuando lo atroz se vuelve cotidiano, deja de ser urgente; cuando deja de ser urgente, deja de molestar. Y así, sin gritos ni resistencia, la barbarie puede seguir ocurriendo en silencio. ¿Lo mejor? Funciona. Siempre funciona.
Comentarios
Publicar un comentario