Volverá tu alma colmenera...

 A los sesenta años miro a la gente y ya no la veo avanzar, la veo girar. El tiempo no sigue una línea: vuelve. Me basta observar a las generaciones menores de cuarenta para sentir una revelación silenciosa. Podrían ser mis hijos. No los miro con paternalismo  ni nostalgia, sino con una mezcla de asombro y reconocimiento. En sus gestos reconozco dudas, cansancios y esperanzas que fueron mías...


Entonces entiendo que no estoy viendo individuos aislados, sino la vida repitiéndose con variaciones mínimas. Cambian los nombres, la ropa, las palabras, pero el fondo permanece. Cada generación se siente única, irrepetible, convencida de que inaugura algo propio. Y, sin embargo, camina por senderos mil veces recorridos por otras almas.


No me entristece pensarlo. Al contrario, me reconforta. Fui observado así sin saberlo y ahora observo yo. La vida regresa siempre disfrazada de novedad, para que cada uno pueda creer, con razón, que lo suyo es distinto.

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