Misión divina
Alfonso, setenta tacos y la cabeza más dura que el pan de la guerra, despertó a mitad de la tarde con una misión divina: encontrar las gafas que había estado buscando denodadamente antes de la siesta. Con una determinación que ya quisieran los cruzados, se levantó del sofá, dispuesto a registrar hasta el último rincón de la casa. Empezó por los lugares lógicos —la mesilla, el baño, la cocina— y terminó en los ilógicos: el congelador, el cesto de la ropa sucia. Murmuraba insultos a su yo del pasado mientras avanzaba. Tras veinte minutos de registro policial, se rindió y volvió a sentarse en el sofá… y entonces las notó clavándosele en la nariz, fieles y discretas, cumpliendo su función mientras él maldecía al mundo medio a ciegas. Alfonso soltó un bufido que hizo temblar las migajas secas del cojín. Se quitó las gafas con dos dedos, como si sujetara un insecto traicionero, las miró durante unos segundos eternos y les habló en voz baja, con rencor de veterano: —Hijas de la gran puta… Con...