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Misión divina

Alfonso, setenta tacos y la cabeza más dura que el pan de la guerra, despertó a mitad de la tarde con una misión divina: encontrar las gafas que había estado buscando denodadamente antes de la siesta. Con una determinación que ya quisieran los cruzados, se levantó del sofá, dispuesto a registrar hasta el último rincón de la casa. Empezó por los lugares lógicos —la mesilla, el baño, la cocina— y terminó en los ilógicos: el congelador, el cesto de la ropa sucia. Murmuraba insultos a su yo del pasado mientras avanzaba. Tras veinte minutos de registro policial, se rindió y volvió a sentarse en el sofá… y entonces las notó clavándosele en la nariz, fieles y discretas, cumpliendo su función mientras él maldecía al mundo medio a ciegas. Alfonso soltó un bufido que hizo temblar las migajas secas del cojín. Se quitó las gafas con dos dedos, como si sujetara un insecto traicionero, las miró durante unos segundos eternos y les habló en voz baja, con rencor de veterano: —Hijas de la gran puta… Con...

Clara, distinta Clara...

 Hasta el diagnóstico, Clara había sido la perfecta arquitecta de su destino. Su vida parecía diseñada para no venirse abajo jamás: metas a corto plazo, lecciones aprendidas y una narrativa impecable donde todo ocurría por algo. Incluso las desgracias tenían su utilidad pedagógica, como si el universo administrara el dolor con criterios bienintencionados. Entonces apareció la enfermedad, puntual y sin prólogo, y empujó el primer refuerzo. Luego otro. Y otro más. Clara observó cómo su edificio vital se venía abajo como un castillo de naipes. Intentó salvar algo: el significado del sufrimiento, la dignidad del aprendizaje, el famoso “todo pasa por una razón”. Nada resistió. El sentido se evaporó como la niebla que se rinde al amanecer. Se quedó de pie entre los restos, sin plano ni consuelo, con la incómoda certeza de que nadie iba a reconstruir aquello por ella. Tocaba los pedazos: aquí un fragmento de aquella ambición que la hizo trabajar hasta el amanecer; allá, un cristal opaco d...

Una baldosa suelta

          Todo empezó con una ayuda mínima, casi inadvertida por lo pequeña: Marcos sujetó el ascensor a un desconocido que venía corriendo con cara de llegar tarde a su propia vida. Nada de heroico y digno de recordar. El desconocido entró, se ahorró la espera, no insultó al universo y llegó puntual a una entrevista. Lo contrataron. Ese día no se fue al bar a ahogar la frustración, así que no conoció a Laura, así que Laura no tuvo una relación tóxica de tres años, así que no escribió poemas horribles , así que nadie los leyó, así que el mundo se ahorró catorce metáforas sobre el vacío. En cambio, Marcos siguió con su vida sin saber que había tocado un hilo suelto del universo. Bajó del ascensor convencido de que nada había pasado y, por eso mismo, pisó una baldosa floja que no habría pisado de no haber estado tan relajado. Cojeó levemente durante semanas, lo justo para empezar a llegar tarde a todo. Llegar tarde se convirtió en su nueva personalidad. Esa demora...

Rosita

 Los domingos, Don Estanislao de la Riva y Ulloa se levanta a las 8 con la garganta reseca, rascándose el escroto y con el hígado protestando como una caldera vieja. La habitación huele a sábanas limpias sin entusiasmo, a ceniza fría y a ese leve perfume de mujer florero que un día dijo basta y se largó de aquella casa para siempre. Se prepara el café con manos firmes y tostada de pan correoso, y que Dios reparta suerte. Mientras desayuna, masculla sobre el estado de la nación arrugando el morro como quien huele a desagüe. El café le araña el estómago, pero no se queja porque está hecho de aquella otra pasta, germinada de la sufrida simiente de la quinta del 63. Se afeita con navaja y piensa, con media sonrisa torcida, que al menos aún tiene el pulso firme y la decencia no se le ha ido por el retrete como al resto del país. Los días de domingo viste con traje de franela, anda con paso firme y cara de “yo no voté esta mierda”. Va a misa por decoro, como quien va a una función de tít...

Aún no soy yo

He de confesar que, hace muchos años, dejé atrás la urgencia de la juventud, pero aún no sé cargar con el peso solemne de los muy maduros. Mi alma habita en un cuerpo que ya no es un proyecto, pero que, sin embargo, siente en lo más profundo que su diseño final todavía no está sellado, y que quedan paredes por abrir donde ubicar ventanas orientadas hacia paisajes que nunca he contemplado. No me identifico ni con los brotes verdes ni con los troncos ancianos, sino con ramas firmes que, meciéndose al compás del viento, saben que su mejor fruto quizá ya fue dado, pero no pierden la esperanza de que, en alguna rama oculta, quede aún una flor por nacer.

Glu,glu,glu

 Nació y el mundo se agitó a su alrededor como un océano vedado: no oyó porque el silencio era absoluto, no vio porque la luz jamás encontró entrada, no olió porque del aire no extraía huella alguna, no saboreó porque ni dulzor ni amargura saboreaba, no sintió porque su piel era un muro acartonado; y junto a esas carencias del cuerpo, vinieron también las del alma: no conoció la ternura que calma, ni la risa que une, ni el miedo que advierte, ni el consuelo que sostiene; no aprendió la memoria que guarda, ni la imaginación que abre mundos, ni la esperanza que alivia la espera. Así, recluido en un vacío que era tanto físico como interior, existía sin existir, habitaba sin habitar, y toda esa suma de ausencias, apretada en un mismo saco, parecía el espejo de lo absurdo… hasta que alguien levantó la tapa de la olla y todo se explicó: aquel ser, con sus múltiples carencias, no era más que una humilde lenteja cociéndose en silencio.

Volverá tu alma colmenera...

 A los sesenta años miro a la gente y ya no la veo avanzar, la veo girar. El tiempo no sigue una línea: vuelve. Me basta observar a las generaciones menores de cuarenta para sentir una revelación silenciosa. Podrían ser mis hijos. No los miro con paternalismo  ni nostalgia, sino con una mezcla de asombro y reconocimiento. En sus gestos reconozco dudas, cansancios y esperanzas que fueron mías... Entonces entiendo que no estoy viendo individuos aislados, sino la vida repitiéndose con variaciones mínimas. Cambian los nombres, la ropa, las palabras, pero el fondo permanece. Cada generación se siente única, irrepetible, convencida de que inaugura algo propio. Y, sin embargo, camina por senderos mil veces recorridos por otras almas. No me entristece pensarlo. Al contrario, me reconforta. Fui observado así sin saberlo y ahora observo yo. La vida regresa siempre disfrazada de novedad, para que cada uno pueda creer, con razón, que lo suyo es distinto.