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Mostrando entradas de enero, 2026

Misión divina

Alfonso, setenta tacos y la cabeza más dura que el pan de la guerra, despertó a mitad de la tarde con una misión divina: encontrar las gafas que había estado buscando denodadamente antes de la siesta. Con una determinación que ya quisieran los cruzados, se levantó del sofá, dispuesto a registrar hasta el último rincón de la casa. Empezó por los lugares lógicos —la mesilla, el baño, la cocina— y terminó en los ilógicos: el congelador, el cesto de la ropa sucia. Murmuraba insultos a su yo del pasado mientras avanzaba. Tras veinte minutos de registro policial, se rindió y volvió a sentarse en el sofá… y entonces las notó clavándosele en la nariz, fieles y discretas, cumpliendo su función mientras él maldecía al mundo medio a ciegas. Alfonso soltó un bufido que hizo temblar las migajas secas del cojín. Se quitó las gafas con dos dedos, como si sujetara un insecto traicionero, las miró durante unos segundos eternos y les habló en voz baja, con rencor de veterano: —Hijas de la gran puta… Con...

Clara, distinta Clara...

 Hasta el diagnóstico, Clara había sido la perfecta arquitecta de su destino. Su vida parecía diseñada para no venirse abajo jamás: metas a corto plazo, lecciones aprendidas y una narrativa impecable donde todo ocurría por algo. Incluso las desgracias tenían su utilidad pedagógica, como si el universo administrara el dolor con criterios bienintencionados. Entonces apareció la enfermedad, puntual y sin prólogo, y empujó el primer refuerzo. Luego otro. Y otro más. Clara observó cómo su edificio vital se venía abajo como un castillo de naipes. Intentó salvar algo: el significado del sufrimiento, la dignidad del aprendizaje, el famoso “todo pasa por una razón”. Nada resistió. El sentido se evaporó como la niebla que se rinde al amanecer. Se quedó de pie entre los restos, sin plano ni consuelo, con la incómoda certeza de que nadie iba a reconstruir aquello por ella. Tocaba los pedazos: aquí un fragmento de aquella ambición que la hizo trabajar hasta el amanecer; allá, un cristal opaco d...

Una baldosa suelta

          Todo empezó con una ayuda mínima, casi inadvertida por lo pequeña: Marcos sujetó el ascensor a un desconocido que venía corriendo con cara de llegar tarde a su propia vida. Nada de heroico y digno de recordar. El desconocido entró, se ahorró la espera, no insultó al universo y llegó puntual a una entrevista. Lo contrataron. Ese día no se fue al bar a ahogar la frustración, así que no conoció a Laura, así que Laura no tuvo una relación tóxica de tres años, así que no escribió poemas horribles , así que nadie los leyó, así que el mundo se ahorró catorce metáforas sobre el vacío. En cambio, Marcos siguió con su vida sin saber que había tocado un hilo suelto del universo. Bajó del ascensor convencido de que nada había pasado y, por eso mismo, pisó una baldosa floja que no habría pisado de no haber estado tan relajado. Cojeó levemente durante semanas, lo justo para empezar a llegar tarde a todo. Llegar tarde se convirtió en su nueva personalidad. Esa demora...

Rosita

 Los domingos, Don Estanislao de la Riva y Ulloa se levanta a las 8 con la garganta reseca, rascándose el escroto y con el hígado protestando como una caldera vieja. La habitación huele a sábanas limpias sin entusiasmo, a ceniza fría y a ese leve perfume de mujer florero que un día dijo basta y se largó de aquella casa para siempre. Se prepara el café con manos firmes y tostada de pan correoso, y que Dios reparta suerte. Mientras desayuna, masculla sobre el estado de la nación arrugando el morro como quien huele a desagüe. El café le araña el estómago, pero no se queja porque está hecho de aquella otra pasta, germinada de la sufrida simiente de la quinta del 63. Se afeita con navaja y piensa, con media sonrisa torcida, que al menos aún tiene el pulso firme y la decencia no se le ha ido por el retrete como al resto del país. Los días de domingo viste con traje de franela, anda con paso firme y cara de “yo no voté esta mierda”. Va a misa por decoro, como quien va a una función de tít...

Aún no soy yo

He de confesar que, hace muchos años, dejé atrás la urgencia de la juventud, pero aún no sé cargar con el peso solemne de los muy maduros. Mi alma habita en un cuerpo que ya no es un proyecto, pero que, sin embargo, siente en lo más profundo que su diseño final todavía no está sellado, y que quedan paredes por abrir donde ubicar ventanas orientadas hacia paisajes que nunca he contemplado. No me identifico ni con los brotes verdes ni con los troncos ancianos, sino con ramas firmes que, meciéndose al compás del viento, saben que su mejor fruto quizá ya fue dado, pero no pierden la esperanza de que, en alguna rama oculta, quede aún una flor por nacer.

Glu,glu,glu

 Nació y el mundo se agitó a su alrededor como un océano vedado: no oyó porque el silencio era absoluto, no vio porque la luz jamás encontró entrada, no olió porque del aire no extraía huella alguna, no saboreó porque ni dulzor ni amargura saboreaba, no sintió porque su piel era un muro acartonado; y junto a esas carencias del cuerpo, vinieron también las del alma: no conoció la ternura que calma, ni la risa que une, ni el miedo que advierte, ni el consuelo que sostiene; no aprendió la memoria que guarda, ni la imaginación que abre mundos, ni la esperanza que alivia la espera. Así, recluido en un vacío que era tanto físico como interior, existía sin existir, habitaba sin habitar, y toda esa suma de ausencias, apretada en un mismo saco, parecía el espejo de lo absurdo… hasta que alguien levantó la tapa de la olla y todo se explicó: aquel ser, con sus múltiples carencias, no era más que una humilde lenteja cociéndose en silencio.

Volverá tu alma colmenera...

 A los sesenta años miro a la gente y ya no la veo avanzar, la veo girar. El tiempo no sigue una línea: vuelve. Me basta observar a las generaciones menores de cuarenta para sentir una revelación silenciosa. Podrían ser mis hijos. No los miro con paternalismo  ni nostalgia, sino con una mezcla de asombro y reconocimiento. En sus gestos reconozco dudas, cansancios y esperanzas que fueron mías... Entonces entiendo que no estoy viendo individuos aislados, sino la vida repitiéndose con variaciones mínimas. Cambian los nombres, la ropa, las palabras, pero el fondo permanece. Cada generación se siente única, irrepetible, convencida de que inaugura algo propio. Y, sin embargo, camina por senderos mil veces recorridos por otras almas. No me entristece pensarlo. Al contrario, me reconforta. Fui observado así sin saberlo y ahora observo yo. La vida regresa siempre disfrazada de novedad, para que cada uno pueda creer, con razón, que lo suyo es distinto.

Jenner

 Edimburgo, invierno de 1974 La nieve caía lenta, pesada, sobre Calton Hill, pegándose en diminutas costras húmedas a los abrigos de Ian y Teddy.  Jadeantes,  arrastraban cuesta arriba sus trineos, improvisados con dos puertas de armario rescatadas de un trastero . Cada descenso era un estallido de risas agudas, ahogadas enseguida por el silbido del viento entre las columnas desnudas del National Monument. —¡Esta vez te he dejado clavado! —gritó Teddy, frenando torpemente contra un banco anclado al fondo de la pendiente. —¡Te has empujado con las manos! —bufó Ian, sacudiendo la nieve de sus pantalones remendados, demasiado finos para un diciembre así. Pero la protesta se disipó con la ráfaga gélida que les golpeó en la cara. El sol se hundía tras la silueta del castillo, tiñendo el cielo de un morado casi negro, ese color que anunciaba el cierre de las tiendas y el regreso a casas frías, cuyas chimeneas ya no ardía como antes. —Vamos a Jenners —dijo Ian, frotándose las ma...

El roballaves

 De crío le llamaban el roballaves, y no era un mote: era una escabrosa profecía escrita en tiza sobre el destino de los demás. Un mocoso con cara de estampita y alma de carterista, que hurgaba en bolsillos ajenos como quien reza y siempre con esa sonrisa de comunión. Nunca manchado, nunca pillado: la mierda siempre caía en otro zapato. En la escuela aprendió pronto que la verdad servía para limpiarse el trasero y que una buena excusa compraba el mundo. Rompía, mentía, y luego daba una charla compadeciéndose de la fragilidad de las cosas. Con diez años ya sabía vender humo y cobrar en aplausos. Pedía perdón como quien respira: sin vergüenza, y con la naturalidad de un niño que sabe que el mundo siempre perdona a los traviesos más listos. En casa afinó la estrategia. Cuando la cagaba, convertía la culpa en discurso; cuando mentía, la barnizaba de vaselina verbal. Sus padres tragaban saliva y argumentos como hostias consagradas. No criaron un hijo: entrenaron a un sinvergüenza de fut...

La niebla

 A los setenta y cinco, Santiago había inscrito en su alma un último deseo de dignidad: «No quiero existir si dejo de ser yo». Lo concebía como un acto de salvaguarda, un remanso de coherencia ante el inexorable olvido. La demencia, esa ladrona silenciosa que se desliza por los rincones del pensamiento, se le aparecía como el destino más cruel: sobrevivir convertido en un eco de uno mismo. El primer presagio se presentó en forma de un nombre que no lograba recordar, desapareciendo de su mente como humo que se escapa entre los dedos. Luego, las llaves —sus centinelas de la vida cotidiana— reposaron, traidoras, en el interior de la fría superficie del refrigerador. Cada olvido era un golpe a su orgullo, un recordatorio de que la niebla ya había entrado en su mente. Santiago luchaba con fervor: crucigramas que se convertían en pequeños laberintos, libros que se abrían como ventanas a otros mundos, idiomas que se enredaban entre sus pensamientos. Pero la bruma del olvido avanzaba, impl...

Mañana lo intentará de nuevo.

 La noche anterior, al acostarse, se formula una intención solemne y perfectamente inútil: vivir el día siguiente entregado al hedonismo más puro, exprimir cada gesto, no dejar pasar ni una migaja de dicha sin registrarla. Se promete atención, intensidad y deleite continuo, como si el goce fuera una tarea doméstica más, algo así como “vaciar el lavavajillas, pero con éxtasis”. Apaga la luz convencido de que, esta vez sí, sabrá hacerlo. Despierta porque el cuerpo se le derrama fuera del sueño. Decide entregarse al placer y, en ese mismo gesto, el placer se esconde debajo de la cama, junto al calcetín perdido y las buenas intenciones del año pasado. Camina hacia la cocina como quien va a un altar equivocado: el café lo observa con cara de “otra vez tú”, la tostada finge ser importante, la fruta presume de frescura, pero sabe que solo está ahí para hacerse la interesante. Sale a la calle convencido de que la voluptuosidad habita en el movimiento, pero los adoquines murmuran su apatía ...

Tras la tormenta

   La lluvia empezó como un murmullo lejano, pero en menos de un minuto el cielo se convirtió en una masa negra y densa, como si alguien hubiera cerrado una tapa sobre la ciudad. A través de la luna del coche apenas se podía distinguir nada, y los limpiaparabrisas chirriaban como cuchillas viejas. Eduardo conducía con los hombros tensos, sintiendo que la carretera había desaparecido bajo un velo de agua. Las farolas parecían faros hundidos en un océano gris. Al girar la última esquina hacia su calle, notó que la tormenta se volvía aún más opaca, como si la luz se disolviera en el aire. Los árboles parecían inclinarse hacia el coche, y el ruido del motor se mezclaba con un retumbar profundo, similar al murssmullo lejano de la bocina de un barco. Al llegar a casa, el sonido cesó de golpe. Ni lluvia, ni viento. Solo un silencio espeso. Abrió la puerta y se encontró con Lidia, su mujer, dedicándole una sonrisa. Por un instante no entendió el escalofrío que le recorrió la espalda… ...

Luciano Carmona

     Luciano Carmona abre los ojos y, sin necesidad de comprobarlo, sabe que el día se ha organizado en torno a su despertar. Una luz sesgada, demasiado devota, se filtra por la persiana para caer a sus pies como una ofrenda, y así, por pura generosidad, desfila hasta el espejo como quien concede al mundo la gracia de su presencia. Allí, en el silencioso marco de plata, no se ve reflejado: se contempla. Es un acto de reconocimiento, casi de veneración. Frunce el ceño, y el reflejo le devuelve la severidad de un emperador. Esboza una sonrisa, y se convierte en la condescendencia de un dios menor. Sus manos, pálidas y de dedos largos, con un gesto estético, frío y definitivo, se alzan para ajustar el cuello de su camisa impecable. El traje que elige es de un gris tan oscuro que parece absorber la luz de la habitación, concentrándola toda en la innegable elegancia de su figura. Con la puerta cerrándose a sus espaldas, Luciano Carmona hace una pausa infinitesimal en el rellan...

Flores para Odiseo

 Morí sin darme cuenta. Primero fue el silencio; luego, un túnel largo y húmedo, respirando como un animal. La luz al fondo palpitaba, blanca y solemne. Pensé en juicios, en balances finales, en rostros severos preguntándome qué había hecho con mi vida. Cada paso pesaba como una confesión. El aire olía a óxido, o eso creí. Sentía que algo inmenso estaba a punto de revelarse. Al acercarme, la luz se volvió más doméstica. Escuché un sonido extraño: un silbido agudo, casi infantil, que rebotaba por las paredes del túnel. El misterio se tensó. El final estaba cerca. Crucé el umbral con la solemnidad de quien espera comprenderlo todo de golpe. Y allí estaba. Un hombre con boina, delantal sucio y una bicicleta apoyada en la nada deslizaba por sus labios una flauta de pan. —¡Ha llegado el “alfildor”! ¡Afilo cuchillos, navajas, tijeras! —gritaba como un alma en pena. Quise preguntarle por Dios, por el sentido, por la eternidad… Pero qué coño iba a saber ese desgraciado de cuestiones tan sa...

Ver sin ver

     El presentador baja la voz como si estuviera en una iglesia. Gaza aparece detrás, reducida a un fondo borroso y completamente desolada. Él habla de niños, siempre de niños, como si no existieran adultos.  Cada frase viene envuelta en música lenta, cada pausa pide una lágrima doméstica, cómoda, de sofá. La cámara busca el ángulo exacto del escombro más fotogénico, la madre que grita mejor, el polvo que flota con poesía. Nada se explica, todo se siente. La guerra se convierte en una serie por capítulos donde el horror es decorado y la indignación dura lo que dura el bloque publicitario. Nadie pregunta quién gana, quién vende, quién firma, quién calla. Solo se insiste en “el drama”, palabra elástica que lo cubre todo. Al terminar, el presentador suspira. Nosotros también. Y mañana, otro drama. Misma música. Mismo olvido. Detrás de esa liturgia hay un método, y no es un error: repetir hasta desgastar, mostrar hasta normalizar, convertir lo insoportable en rutina. La...